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«La fotógrafa de Monte Veritá»: los intratables

La última película de Stefan Jäger llega a nuestras salas de la mano de Surtsey Films

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Hay en el anhelo de libertad cierta alergia a lo establecido, a una sociedad en la que no se encaja y una resistencia a hacerlo. En el margen se dibujan comunidades que buscan un nuevo orden, y los individuos son expulsados allí por intratables, por escapar a los esquemas del status quo. A veces, emprenden la huída, como es el caso de Hanna, la protagonista de La fotógrafa de Monte Veritá, a la que su marido no sabe tratar, encerrando sus aspiraciones, sobrepasándose con su cuerpo y ahogándola en un ambiente opresivo de fotos fijas (él es fotógrafo) que chocan frontalmente con el ansia de movimiento que la fotógrafa también (clandestina por los antojos del patriarcado) desea.

Hanna probablemente nunca existió. Es un invento del director Stefan Jäger y la guionista Kornelija Naraks para dar autoría a las fotos que capturan la comuna pseudohippie que se fundó en 1900 en los Alpes suizos: Monte Veritá. Su historia sirve de excusa para retratar lo allí construido, como si se tratase de un oasis en el epicentro de la Europa de principios del siglo XX. En él, Hanna encuentra un espacio de paz que la arrolla, como parece hacer la cámara cuando coge carrerilla y, a toda velocidad, sobrepasa su cuerpo y la ladera del monte mostrando el inmenso lago de Maggiore en todo su esplendor. La liberación de la mujer contrasta con los vestidos que hasta ese momento la protagonista lleva, de cuello alto y apretados encajes, al tiempo que los insectos, la luz y el verde de la naturaleza que la rodea la embriaga casi hasta la expiración. Es una muerte simbólica tras la cual deja de desenfocar con la mirada los cuerpos desnudos de los hombres que habitan Monte Veritá para empezar a fotografiarlos, mientras labran sus pequeños huertos y escriben en sus diarios sobre el fin del patriarcado y el trabajo asalariado. Casi se ahoga ante la libertad que se despliega ante sus ojos y que desea captar en imágenes. Ese momento catártico le permite, a partir de entonces, respirar con tranquilidad.

Maresi Reigner (la actriz que interpreta a Hanna) transmite todo este proceso a través de la respiración, que controla como un violín invisible y hace oscilar dependiendo de la situación. Se acelera cuando su médico de cabecera se acerca, Otto (Max Hubacher), y se calma poco a poco ante el cariño atento de Lotte (Hannah Herzsprung), la exiliada de los exiliados y de lejos el personaje más interesante de la cinta. Que Hanna termine por chuscarse al primero y rechazar los acercamientos de la segunda resulta una decisión tan protofeminista como la comunidad que retrata; tan tímida ahora como el baile entre Louise Brooks y Alice Roberts en La caja de pandora, rodado en toda su rompedora y escandalosa dimensión hace casi cien años. Y esta decisión tan heteronormativa oscila en el filo de la navaja entre el anacronismo de quien rueda en 2022 y la integridad del historiador. Y la película, en esencia, es eso: la colisión no resuelta entre el ejercicio de ficción y el respeto histórico.

Desde ahí se permite sus licencias, como plantar en pantalla el culo de Herman Hesse, hablando en tono yogui en una secuencia deliciosa para fans del escritor y sugerente para los espectadores esotéricos. Y como de lo esotérico estamos ya todos empapados hasta el tuétano uno se pregunta si no será que la película ha evitado que sus personajes se vuelvan lo suficientemente locos. No es cuestión de ponerlos a cercenar cabezas de bebé pero, claro está, que tenemos a un cocainómano discípulo de Freud hablando sobre la liberación de las mujeres y a un escritor cuya novela más famosa trata sobre un tipo que para recorrer el mundo se lleva por equipaje un cuenco. Y también las rompedoras fotografías de Hanna o las por entonces inclasificables danzas de Isadora Duncan, que no creo que se creasen en un entorno de pudorosa convivencia en el que de vez en cuando un par de tíos llevaban la chorra al aire. El deseo de un ávido lector de Rousseau, incluso creyendo ciegamente en la fantasía del “buen salvaje”, es el del romántico abono creativo que es el caos, donde crecen al margen de los males del arte y la cultura nuevas expresiones del cuerpo, la palabra y, en el caso de esta película que trata sobre la fotógrafa oficial de una comunidad, la imagen fija. Y eso según los escritos de alguien tan ilustrado, tan rebosante de sapiencia, que abandonó a sus hijos.

Hanna es todo lo contrario. Ella entra en conflicto con el hecho de haber dejado atrás a sus dos hijas y piensa en la forma de traerlas al monte para así compaginar sus aspiraciones artísticas con sus deberes maternales. Y si la investigación de Stefan Jäger es fiel a la realidad seguramente Monte Veritá fuese eso: el comienzo de una vanguardia tímida que no vuelve tanto a un primitivismo ecofriendly como dibuja la senda para los sanatorios pseudohippies, como aquel en el que se cuela Joaquin Phoenix en Puro Vicio y en donde los hijos del “flower power” saltaban del LSD para caer en las garras de las farmacéuticas. Porque aquí se tratan problemas que atañen a la sociedad y no más allá de ella. No ahonda en los más profundos resortes del ser humano sino que se mantiene en el punto medio aristotélico, la equidistancia de los “bienqueda”. Como quien en pleno siglo XXI rueda Green Book o Coda, con todo lo que ello tiene de triunfante y conservador; con todo lo que de posicionamiento político implícito tiene la equidistancia.

Hay una escena en Retrato de una mujer en llamas en la que las protagonistas participan en medio de la noche en un ritual femenino que incluye una hoguera y un precioso coro a capella. Durante esos minutos Céline Sciamma aúna más clandestinidad y comunitarismo abyecto que las casi dos horas de La fotógrafa de Monte Veritá. Y es normal: una es un drama lésbico que trata el tema del aborto mientras que la otra tontea con la homocuriosidad y se interroga sobre la conciliación entre trabajo y familia. Son dos formas de afrontar el pasado y no por ello una es más honesta que la otra (aunque quizás una de ellas sí entienda mejor el presente). 

La fotógrafa de Monte Veritá es blandita, inspiradora por principio, optimista, bella y fluye con una coherencia clásica que apelará al gran público. Es fiel a lo que quiere contar, tanto que tal vez sea su desencanto (el hecho de que su representación rigurosamente historiográfica no permita idealizar a nadie) el que, paradójicamente, resulta el mayor encanto para el espectador romántico. Los intratables eran, en el fondo, bastante tolerables en sociedad. Y alguien tenía que decirlo.

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