Home CULTURA CINE «El hombre que vendió su piel»: los espejos nunca mienten

«El hombre que vendió su piel»: los espejos nunca mienten

El segundo largometraje de Kaouther Ben Hania, nominado a los premios Oscar en 2021, llega por fin a nuestras salas

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Fragmento de la película "El hombre que vendió su piel".

En 2017, Kaouther Ben Hania, narraba en nueve capítulos la odisea burocrática por la que pasaba una joven universitaria para denunciar la violación que había sufrido; nueve agónicos planos secuencia milimétricamente construidos en los que Mariam, la bella, huía de (o perseguía a) los perros que la habían asaltado; un laberinto cuya ambiguedad, de naturaleza “kafkiana”, cambiaba cada pocos minutos los papeles entre gato y ratón, perseguidor y perseguida. Beauty and the Dogs (Aala Kaf Ifrit, Túnez) era la crónica de una noche terrible, pero también una crítica a un sistema democráticamente bisoño, el de Túnez, que no por cambiar la forma de sus instituciones las había vuelto incorruptibles. 

Consciente o no de ello, la directora había rodado una consigna de esas que diseccionan de manera ácida y afilada los entresijos de una estructura que nos es invisible; y eso desde el mismo momento en que decidió que los perros de su primer largometraje no fuesen otros que la policía. No es gratuito, pues, que cuando en su último largometraje, El hombre que vendió su piel (L’Homme qui a vendu sa peau, Túnez, 2020), convierte a su protagonista en obra de arte y al artista que tatúa su espalda en Metistófeles, la metáfora, voluntaria o no, trascienda, junto a las fronteras nacionales, las intenciones de la autora.

Ben Hania no es muy fan de las interpretaciones. Como cuando le preguntaban a Julia Ducournau por la radiografía de la adolescencia que había elaborado con Crudo (Grave, Francia, 2016), la directora tunecina se muestra reacia a que se sobredimensionen sus imágenes. La primera contestaba que solo quería hacer “una película de caníbales”; la segunda se niega a admitir que los espejos que inundan gran parte de las imágenes de su última película connoten algo. “Son parte de la puesta en escena” sentencia, al tiempo que se resiste a admitir que sean una presencia “puramente estética” (¡qué cineasta admitiría eso!). Algo deben significar. Aunque a la fuerza sea.

Los espejos son insidiosos. Obligan a posicionar muy bien la cámara para que no se vea el equipo y revelan el campo de acción al espectador, limitando las posibilidades de fragmentar el espacio y jugar con él. Su presencia no puede ser casual y su reflejo siempre es revelador, pero nunca la realidad, sino algo deformado; una copia. Ben Hania decide que representen la industria del arte: un ambiente irreal, fantasioso, gobernado por cínicos ricachones a los que no les importa deshumanizar a un refugiado Sirio con tal de sacar adelante una exposición impactante. 

La historia de Sam Ali (Yahya Mahayni), de su cuerpo y su espalda tatuada, es una historia de amor cuyo germen es un caso real (el del artista Will Delboye y su obra Tim Steiner). La diferencia es que, por reflejo, por deformación ficticia, el lienzo de carne y hueso no porta una sacrílega virgen, sino algo mucho más extraño para nosotros: una visa Schnegen (la que necesita el protagonista para poder reencontrarse con su amor (Dea Liane) en Bruselas). Es en esta ironía donde el artista, Jeffrey Godefroy (Koen De Bouw), y su curadora, Soraya Waldy (Monica Bellucci), encuentran una oportunidad de negocio.

El hombre que vendió su piel no es muy diferente de algunas de las críticas al mundo del arte que han aparecido en el panorama cinematográfico de los últimos años. Como la Palma de Oro de 2017, The Square (Ruben Östlund, Suecia), o el insólito slasher de Netflix, Velvet Buzzsaw (Dan Gilroy, EEUU, 2019), la película de Ben Hania hinca el diente… pero es de leche. Y es que ya sabemos que el mundo del arte es despiadado, que no tiene escrúpulos, que la estética es una disciplina filosófica que ha tratado de flotar como un castillo en el aire sobre la política y la moral (aunque no pueda (ni deba) deslindarse de estos asuntos). En Europa puede ser frívola, pero en su libre circulación global de mercancías resulta tremendamente racista; como el arte que imita a la vida, o que le da forma, o que la refleja indirectamente y del que Ben Hania es juez y parte. 

Tráiler de la película El hombre que vendió su piel

Como alegato de defensa (o confesión inculpatoria) tiene su depurado talento, ese que la vuelve contradictoria. Porque, aunque recalque que el mundo “no es bello, sino tosco y feo”, pone mucho esfuerzo en sacar provecho de cada imagen, ya sea innundándola de color o rindiendo pleitesía a la simetría. Se nota su paso por la Sorbona, su debilidad por el encuadre de dos personajes en el mismo plano, partido por la mitad, en el que su audacia permite ponerlos en relación como si estuviesen a kilómetros de distancia en lo emocional (por mucho que se hallen a escasos centímetros en lo material). Es una coreografía muy expresiva que, en su vaivén entre lo simbólico y lo puramente narrativo, eleva un guion carente por momentos de hondura emocional, y cuyos diálogos, quizá demasiado explícitos y evidentes (Godefroi es el que se denomina a sí mismo “Metistófeles” y no el espectador el que lo deduce) amenazan con tirar por tierra una sátira que a ratos es tremendamente lúcida.

Serge Daney decía que vemos la televisión no porque nos cuente la verdad, sino porque nos dice sin tapujos quién la detenta. Las imágenes de Ben Hania, con los juegos de espejos (como aquel con el que arranca), con las pantallas, también reflejo, que a ratos inundan sus imágenes, y, en definitiva, con cada plano, nos susurran en el iris tanto sus logros como sus vergüenzas: que se puede condensar en una historia de amor individual el drama humano al que Europa hace oídos sordos, aunque se acuda a un final indulgente en el que el cinismo converja con las buenas intenciones y se decida por respeto (o pereza, más bien) dotar a los protagonistas de una vía de escape que en realidad no existe; que semejante decisión es idónea para que una película sea nominada al Oscar (como esta en 2021); que las metáforas, como los perros o los villanos literarios, por explícitas, no  pueden esconder su zafiedad con maestría técnica; que una obra, tatuada a la espalda o proyectada en la pantalla, siempre es susceptible de desbordar en significado a su autora; que caníbales hay de muchos tipos, tantos como espejos, tantos como ángulos desde donde que mirarlos.

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