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La mítica huella de carbono

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Huella de carbono
Imagen de Helena S.

En algún momento posterior al año 2000, apareció el término «huella de carbono» para discernir y poder discutir concretamente el impacto medioambiental que generan las actividades humanas. 

El término en sí fue un intento de lavado de imagen (greenwashing, «lavado verde») por parte de British Petroleum, probablemente uno de los mayores generadores de emisiones a través de sus gasolineras y explotación de crudo, para desviar la atención prestada a las empresas que venden combustibles fósiles mediante una campaña que pusiera el enfoque en los consumidores, ofreciendo incluso una herramienta gratuita, una calculadora, para «calcular» dicho impacto sobre el medio ambiente, introduciendo la sensación de culpabilidad personal (que sin embargo no dejar de ser cierta), separada de la corporativa, ¡porque ellos ya intentan ayudar!

Cualquier búsqueda en Google nos sugiere la culpa:

Leyendo algunos de los resultados hacia abajo, podemos ver que hay varias empresas dispuestas a ayudarnos, Iberdrola, Bankia, Endesa… dos son productoras de electricidad, la otra un banco; una de ellas podría perfectamente contaminar y ser parte del problema y el banco podría indirectamente, según en qué invierta el dinero.

Endesa, por ejemplo, nos induce también la sensación de culpabilidad, ¡contaminas más de lo que crees!

mientras que Bankia nos habla de la luz, del consumo de la energía, agua y la importancia del reciclaje sin concretar demasiado.

La verdad es que hace ya muchos años que el consumo de la luz no impacta tanto. Una bombilla incandescente de unos 100 vatios es ahora una de LEDs que gasta 10. Si usáramos un panel solar de 1×1 metro con una eficiencia comercial típica del 20%, generaríamos unos 200W/hora-pico con los cuales encenderíamos 20 bombillas LED. Pero a cambio de esto, hemos pasado de un producto fácilmente reciclable (vidrio, metal), a una construcción de semiconductores que incluye varios tipos de plástico y emite gases de invernadero en su fabricación, por no decir que son casi irreciclables (por emitir gases en el reciclaje, por la energía gastada en la separación de elementos esenciales y por la baja calidad del plástico y de los metales reciclados).

De todas maneras, ambas generarían emisiones mediante la minería. Y ya que estamos, pese a que el 90% de la energía se convertiría en calor dentro de la bombilla, las incandescentes tenían su potencia activa casi idéntica a la aparente: todo producto enchufado a la red consume una potencia aparente, digamos 100W, donde un tanto por ciento es potencia activa, es decir produce algo («trabajo») y un tanto es potencia reactiva, que es un desperdicio por calor.

Por ley, las eléctricas no pueden facturar la potencia reactiva a los consumidores domésticos, pero sí a los industriales. Las bombillas LED tienen un 25-40% de potencia reactiva que las eléctricas no pueden facturar. Sumando eso a la bajada general del consumo (hasta 10 veces menos), no quedó otra que subir constantemente el precio de kilovatio/hora por la falta de ingresos, que irónicamente provoca aún más una desesperación por parte de los clientes que no pueden sufragar costes que ya intentaban reducir, y aún más por parte de la industria que sigue pagando reactiva (y los motores y toda herramienta motorizada genera un montón).

Y, para más INRI, ¡esa misma bajada de consumo permite que usemos fuentes de energía que entregan menor energía, como los paneles solares! De hecho, justo usando un panel solar, que genera corriente continua, se evitarían buena parte de las pérdidas que ocasionan las bombillas LED, por convertir de alterna a continua dentro del circuito escondido en la rosca. 

A lo mejor habría que buscar el desperdicio de electricidad en equipos de alto consumo, tipo ordenadores o servidores.

Entonces, ¿de dónde vienen las emisiones?

Resulta ser un misterio constante la cantidad y el desglose de las emisiones por sectores y quién emite qué concretamente. España tiene una manera de medirlas, la Unión Europea otra, Naciones Unidas otra y muchísimos estudios independientes se fijan en otro tipo datos, como por ejemplo subdesglosar un sector.

Para consultar los datos españoles, nos tenemos que dirigir al Inventario Nacional GEI, donde podemos consultar el informe con la fecha más reciente. A fecha de marzo 2021, sabemos que el principal emisor de CO2 es el sector «Energía», con un 92% de las 251,5 megatoneladas emitidas en España. El subdesglose de este sector nos indica que de ese 92, un 37,9 es el «Transporte», un 24 la «Industria del sector energético», 21,6 «Industria manufacturera y construcción» y 19,6 «otros sectores». Como dato interesante, el principal emisor de metano y óxidos nitrosos es la agricultura y, concretamente, en óxidos el transporte es apenas un 5% del total emitido, que sería principalmente diésel. Y, al parecer, el 25% del metano proviene de los vertederos.

¿Pero quién consume la energía? ¿Cuánto viene de los hogares, cuánto de la industria? ¿Y los comercios? En la industria, ¿quién más consume? De la manufacturera y construcción, ¿qué empresas? ¿Y los «otros»?

Por ejemplo, en el caso del aluminio, página 324, las emisiones de CO2eq del aluminio fueron 433,5 kilotones, una bajada con respecto al 2018, donde estaban cifradas en 737,9. ¿A qué se debe? Al cierre de las plantas de Alcoa, con lo cual podríamos saber directamente que esas 433,5 kt-eq se emiten en un único lugar, Lugo, que este mismo documento esconde de alguna manera:A este respecto cabe destacar que, de las tres plantas productoras de aluminio primario que existen en España y que pertenecen a una única empresa, dos de ellas han visto reducida su producción de forma drástica”.

Este informe se supone que remite datos a Naciones Unidas, que también publica estadísticas, llamadas UNFCCC, donde se indican seis categorías: Energía; Procesos industriales y uso de productos; Agricultura; Desechos y Otros, en toneladas equivalentes… globales. Aquí los culpables somos todos, y el principal sector, también la Energía.

“Energía” se puede subdesglosar en Combustión de combustibles fósiles; Emisiones fugitivas y Captura de CO2. Este último siendo un sector en desarrollo, siendo CO2 capturado de la atmósfera y secuestrado en algún sitio… apenas 14 kilotones. Destaca bastante que las emisiones fugitivas son casi un gigatón y unos 13 gigatones las emisiones directas del uso de combustibles.

En la Unión Europea, mediante la Agencia Europea de Medio Ambiente, podemos averiguar, en inglés, datos sobre cada uno de los países. Alemania es el principal contaminador de la Unión, y de seguir dentro, Reino Unido sería el segundo. Ahora mismo, Francia es el segundo y España el quinto. Por sectores, «el suministro energético» es un 29% del total emitido en la Unión, el «transporte» es un 22%, la industria un 21%, la agricultura un 12% y los «edificios y comercios» un otro 12%, entre otros.

Hay organizaciones como la Agencia Internacional de la Energía, que tienen subdesgloses interesantes, donde, según uno de sus estudios, un 28% de las emisiones globales pertenecen a los «edificios», que incluye la electricidad para cocinar o la calefacción. Y, según ellos, si se incluye la energía gastada en edificar los edificios, pasa al 38%, donde la construcción en sí sería ese 10% demás. Estas emisiones se calculan en base al consumo de carbón, gas u otro tipo de combustibles para generar (parte de) la energía consumida.

No lo sabemos del todo

Hasta la aprobación de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética de este año, las empresas simplemente no estaban obligadas a declarar sus emisiones, con lo cual la mayoría de los datos públicos son estadísticas consolidadas en base a estimaciones, cuestionarios y consumo en general sin apuntar a un culpable en concreto.

Por ejemplo, si supiéramos cuánto combustible se consume en general para producir la electricidad o cuánto venden las gasolineras, se podrían estimar las toneladas equivalentes de petroleo que se consumen (ktep) (normalizando las diferencias entre distintos tipos de fuentes de energía) y luego se podrían usar tablas de factores de emisiones para obtener toneladas equivalentes de CO2 (de esta manera, o de esta otra)  (normalizando la media de lo que se tendría que emitir si se quema de ‘media’ en una caldera ‘media’…).

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