Pablo Sánchez Lucientes 18 marzo, 2019

Viajar abre la mente y libera el espíritu. Eso dice gente con cierta voz a la que no doy mucho crédito. A mí mi último viaje me ha enseñado a leer en bus sin marearme y a sortear la muerte que siempre se cierne sobre los baños muy calientes (el truco es comer mucho en el primer caso y todo lo contrario en el segundo), sin embargo, ha dejado pendiente a mi partida explicarme a Foucault. No importa, dejo un país que casi pide perdón por existir. Atrás queda Eslovaquia, nación que te recuerda su nombre a cada paso: sabe con certeza que lo vas a olvidar. Es lo que tiene el efímero juego de tachar nombres en un mapa, juego con el que los niños pudientes del programa Erasmus no nos podemos sentir más cómodos. En el horizonte asoma Budapest, mi segunda casa, un sitio que, si fuese suficientemente imbécil, ya llamaría hogar. Y con él vuelve el cine, el suyo, y también el mío (o el de Amazon Prime); es decir, mi película diaria. Que, ojo, viajar está bien para mirar el interior de emblemáticos monumentos a través de la pantalla del móvil, pero mi dinámica no se puede romper, porque el tiempo escasea y del séptimo arte todavía no sé nada.

Arte, qué palabra. Compleja como concepto (supongo) y repetida insaciablemente en mis últimos artículos escritos aquí, en Infodiario. Simple patraña, residuo no biodegradable de un intento (este también lo es) por encontrar una voz. Antes escribo afirmaciones baladíes como las de Velvet Buzzshaw y Mediocrian Rhapsody, antes me cierran la puta boca. Y yo callado, porque he ido al cine a ver lo magyar; en concreto la propuesta ya disponible con subtítulos al inglés que ha arrasado con dos premios en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. Ya ha arribado en España, sí, pero la cartelera va a tener que esperar (si llega) y yo ya me he anticipado sirviéndome de mi proximidad. Vamos al meollo.

Si algo es Ruben Brandt, Collector es una comunión formal de inusitada perfección entre cine y arte. Porque si esperamos una película sobre este tema en este, nuestro insulso tiempo, y Velvet Buzzshaw es una soplapollez, Ruben Brandt no es definitiva pero sí, tal vez, precursora del arte como elemento autoconsciente. Sería muy injusto, incluso para el creador de la propia cinta, mentir piadosamente afirmando que su argumento está a la altura de su forma; por ejemplo, (tomen nota académicos sevillanos) premiándola con el galardón al mejor guión. Pero no hay de qué preocuparse, es cierto que su historia es vaga y poco original, pero su concepto y estructura conectan todos los aspectos de sus personajes a lo que realmente importa: mirar.

Es difícil no sentirse abrumado por la ingente cantidad de referencias (artísticas y cinematográficas) que cruzan a toda velocidad la pantalla o, más bien, que se mantienen estáticas como óleo sobre lienzo. El film es representación de nosotros, deformada pero con clarividencia reveladora. Estamos dentro fotografiando, emitiendo toscos juicios, haciendo del arte camiseta y del acto incomprensible performance; en definitiva, mucho más de lo que la última propuesta de Netflix nos ofrecía. Y aunque el arte aquí también cobra vida, no se convierte en una sangrienta excusa, sino en una incontrolable obsesión que vertebra la película. Se podría decir casi que hablamos de gente atada de manera involuntaria a sus artísticas circunstancias, pues, ¿quién la protagoniza? Cleptómanos obsesionados con el arte, psicólogos de artistas, soñadores involuntarios y coleccionistas cinéfilos, o todo lo dicho al mismo tiempo en la fusión de lo onírico con lo pictórico y a través del reflejo de un espejo conceptualmente “meta” en el que se mira la pintura como cine y viceversa. Y esto ya no está en el terreno de la patraña de pretenciosa erudición, sino que es precisa descripción de lo que se experimenta cuando se conoce a Ruben Brandt.

Pocas veces se ve que una película tan apoyada en sus referencias culturales alce el vuelo de manera tan exitosa. Es cine negro, de gangsters y también de aventuras, pero no oculta raíces, sino que las muestra incesantemente a una velocidad tal que preferirás (y te recomiendo) verla doblada. Elementos de terror se encuentran, y no pocos, así como tributos a clásicos que no discriminan siquiera el arte de corte propagandístico: aquí cabe todo. Para redondear se viaja, como hace nada un servidor. Se conoce por referencia y, en el homenaje, asoma la lección sobre cómo conocer tierra a través de expresión al tiempo que se representa un mundo plural como cóctel interdisciplinar. Yo visité Eslovaquia sin ojos porque no sé mirar sino a través del cine autóctono, pero veo Hungría con los de Béla Tarr, György Pálfi y, ahora, también con los de Milorad “apellido impronunciable” Krstic.

Película para mirar y remirar; cierto es que ha callado mi voz, pero para darme la razón en silencio. Muestra así que, al fin y al cabo, de eso trata esto del arte. Las palabras sobran.

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