Ignacio García Aguilar 28 agosto, 2018

En 1918, el Prado fue testigo del primer gran robo de su vida: parte del Tesoro del Delfín fue sustraído por, según concluiría más adelante la investigación, un funcionario del museo con la ayuda de tres celadores. El rocambolesco caso acabaría con la pérdida de 11 piezas de la colección y 35 de las obras recuperadas con mutilaciones.

Eran las 13:00 horas del 20 de septiembre de 1918. José Villegas, director del Museo del Prado a esa fecha, confirma la denuncia puesta por el subdirector de la pinacoteca, José Garnelo. Se había producido un robo que afectaba al Tesoro del Delfín. Villegas constata que una de las tres vitrinas que conforman la colección había sido abierta y sustraída de ella 18 piezas. Nada más saber la noticia, el personal del museo se desplaza a la Galería Central donde, con un examen ocular no muy profundo, se evidencia la falta de varias piezas del conjunto.

En el tiempo más corto posible, la policía se toma el mano del caso y llega al museo Ramón Fernández Luna, el comisario jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid. Fernández Luna, al que algunos en su época apodaron el Sherlock Holmes español por la calidad de sus casos e investigaciones, ordena el inmediato cierre del museo y el arresto de todos los visitantes que se encuentran dicha tarde en el museo. Por último, procede a tomar todas las huelas dactilares posibles de la vitrina usurpada.

Todas estas medidas fueron completamente innecesarias e inefectivas puesto que, como supieron más adelante, uno de los vigilantes había notificado al conserje la ausencia de piezas correspondientes al Tesoro del Delfín dos meses antes del día de la denuncia. A esto se le suma que se había encontrado un pie de copa del Tesoro desatornillado y otras piezas desmontadas, incluso el ladrón había reordenado el interior de la vitrina para disimular el robo. Todo esto refleja que el delito se había cometido con tiempo y con total tranquilidad, posiblemente a plena luz del día.

En cuanto la prensa se hizo eco del suceso, comenzaron los conflictos dentro del personal del Prado. En unas declaraciones para el diario El Sol, periódico madrileño extinto en 1936, el director Villegas critica la profesionalidad del conserje nombrado anteriormente puesto que no denunció a tiempo y por la hipótesis del robo a plena luz del día. En su defensa, el conserje declaró que varias de estas piezas se encontraban en manos del restaurador y que por eso no avisó del posible robo. Mientras tanto y por si no fuera suficiente, dos fotógrafos advirtieron la desaparición de joyas de una de las otras dos vitrinas del tesoro. Esto evidenció la falta de seguridad del museo y, como consecuencia de la gravedad del asunto, el subdirector Garnelo realizó un inventario detallado del Tesoro Delfín. El número de piezas robadas o dañadas era tan importante que el robo debía de haberse realizado hace tiempo.

El 24 de septiembre, mismo día que se produjo la primera detención, llega un paquete anónimo al museo con una arandela robada perteneciente a la colección. El día 25 del mismo mes, un anticuario de la madrileña calle San Bernardo presentó en los juzgados a dos jóvenes que poseían joyas pertenecientes al Tesoro Delfín. Ambos confesaron haberlas adquirido a través de un platero asiduo a la Plaza de Santa Cruz que, junto con el anticuario de San Bernardo, habían comprado parte del tesoro robado. El rastro llevaba hasta Rafael Coba, funcionario del Museo del Prado. El 12 de octubre del mismo año, en las proximidades de la localidad jienense de Linares, fue detenido Coba, que confesó que había sido intermediario en la venta pero nunca como autor directo y material. Finalmente, el detenido acabó detallando el proceso del robo: el ladrón se introducía por el patio de las calefacciones, subía por las escaleras de hierro y de mano y abría las vitrinas con llaves de aluminio, proporcionadas por el funcionario Coba.

La presión mediática sobre la pinacoteca se tradujo en sanciones y traslados. En adición, el subdirector Garnelo renunció a su cargo y el director Villegas, dimitió por exigencia del director general de Bellas Artes. Finalmente, entre el 15 y el 20 de noviembre de 1918 tuvo lugar el juicio contra Rafael Coba, su amante Isidra Asunción Rodríguez, los celadores Fernández, Velloso y Varela; y el platero Isidro Arguña. El veredicto declaró a Coba como encubridor del robo pero no como responsable directo y se le condenó a una pena de seis meses y un día de arresto. El resto de los imputados fueron absueltos.

En total, 11 piezas de la colección fueron robadas y 35 dañadas. El Tesoro del Deflín es un conjunto de 120 obras, de entre los siglos XVI y XVII, que perteneció al Gran Delfín Luis, hijo de Luis XIV de Francia y padre del rey Felipe V de España. A la muerte del Delfín, el tesoro llega a España como herencia del primer monarca borbón español. Felipe V heredó 169 obras de las cuales se han perdido una cuarta parte por los saqueos de la Guerra de la Independencia y el robo de 1918 y de las supervivientes se encuentran la mayoría mutiladas. El Tesoro del Delfín es el conjunto más valioso de la colección de artes decorativas del Museo del Prado, una colección que pasa desapercibida para el visitante pero no por eso menos importante. Desde finales de junio de este año, se encuentra expuesto en una vitrina de 40 metros de longitud en la cúpula de la rotonda de Goya Alta en el museo.

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