Emilio Francisco Amo Urbano 14 octubre, 2018

30 000 euros de multa ha impuesto la Audiencia Nacional a dos subcontratas de Orange que ofrecían Jazztel a clientes que, explícita y claramente, solicitaron que se les excluyera de esos listados “misteriosos” en los que se llama a tientas, importunamente, para ofrecer ofertas, si no engañar, a ciudadanos anónimos de quienes ni siquiera saben su nombre. La Audiencia ratifica así a la Agencia de Protección de Datos. Pero la ventana que abre la Audiencia no se la debemos en sí misma a ella sino a esos ciudadanos que, hartos de llamadas intempestivas, decidieron denunciar el continuo abuso, la descarada y desvergonzada política empresarial de adquirir los números privados y, sobre todo, el erre que erre con la insistencia por mucho que se les diga que no, molestando, incordiando, a no menos que a las cuatro de la tarde cuando la siesta arrecia. Son los llamados spam telefónicos, como la de los correos electrónicos que uno no sabe cómo han llegado hasta allí, pero que están.

Esta inoportuna manera de vender el producto requiere de los ojos bien abiertos y la mente lúcida. Te ofrecen el oro a precio de céntimo, y tras el céntimo le acompaña muy posiblemente el engaño, o la trampa, o la permanencia, por la cual te atas a una compañía bajo pena de cuantiosa penalización.  Me recuerda a los trabajadores, porque lo son, de empresas eléctricas que en ocasiones visitan los pueblos casa por casa: te ofrecen un precio mucho mejor, más barato, te insisten que la que ahora te suministra te tima y, si no andas despierto, picas en el anzuelo y el buen caballero ha hecho su trabajo y tú sepa Dios si no has salido mal parado. A las criaturas para eso les pagan y les preparan, en definitiva.

El afán por recaudar dinero no conoce límites y menos para los grandes. Cuanto más tienen más quieren aun a costa de lo más vulnerables. Y no crean que les afecta 30 000 euros de multa: tienen para una y para cuatro y para siete de ese calibre. El beneficio de llamar les sale más rentable porque siempre, casi siempre o de vez en cuando, caen, pican y proceden a la grabación de contratos.  Tal vez otro gallo cantaría si, contundentemente, decimos no. Si guardamos las veces que nos llaman, las horas en las que lo hacen y nos vamos a un juzgado cuando, a las cuatro de la tarde, por ejemplo, la cantinela de una empresa no termina.

Parece que aquí nos toman por tontos y no hay cosa más mala y más ruin que nos lo tomen y encima que nosotros lo consistamos. No hay tonto más tonto que el tonto que se cree listo y presume de ello, o sea, ellos (haberlos hailos en demasía) que poco les importa lo que pienses mientras que los miles de millones que se llevan a sus arcas crecen y se multiplican por la inocencia de los inocentes.

Vivimos en la era de los engaños, de los robos, de la maleficencia. Vivimos en la época en la que el hombre ha sido y es capaz de aniquilar a su semejante cueste lo que cueste.

Para otro artículo da que la hucha de las pensiones, como la llaman, se esté vaciando y el día de mañana nos veamos con setenta y tantos trabajando por cuatro duros. Por todos lados roban, por todos lados engañan, y por todos lados estamos rodeados de una pandilla de sinvergüenzas que bien se merecen el calificativo de grandísimos hijos de ramera.  ¿O no lo son los que embaucan a los que comen el pan a base del jornal?

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