Pablo Sánchez Lucientes 15 enero, 2019

Todos tenemos más que asumido que el universo DC (en lo que se refiere a la gran pantalla) se ahoga en su propia miseria. Ben Affleck ya se ha escaqueado poco a poco de sus responsabilidades como nuevo caballero oscuro y Henry Cavill, abrazando al santo patrono de la cienciología con una fugaz aparición en la última entrega de sus imposibles hazañas, antepuso su varonil y bien recortado bigote a las exigencias físicas del único e inigualable Superman; su capricho cargó con trabajo de más a los responsables de los efectos especiales de La liga de la justicia, contribuyendo así al desastre ya previamente anunciado por el suicidio de la hija de Zack Snyder.

Mientras el éxito de Wonder Woman fenece y Joaquin Phoenix se convierte casi sin avisar en ¿otro Joker?, el fondo del mar, ajeno a nuestros problemas terrenales, es gobernado por el impasible y ciertamente atractivo Jason Momoa. Aquaman yace en unas ruinas marinas donde, ayudado por su rascador de espalda gigante, alivia ese molesto picor que sus fornidos brazos no alcanzan a solventar al tiempo que utiliza espinas como mondadientes tras darse un gran banquete en taquilla. James Wan ha dirigido con la competencia que de él se espera una película entretenida de dos horas y media sobre uno de los superhéroes menos atractivos de la historia del comic. Y yo, desde mi butaca, lo celebro.

No me malinterpretéis, la película se sirve de un guion con estructura superheróica estándar para introducir estúpidas referencias a Pinocho y chistes que versan sobre hacer pis, lo que nos impide hablar de cine de alta calidad. Sin embargo, si obviamos junto con todo eso a Black Manta (en general, existiendo), a Amber Heard abriendo la boca y un extraño crossover acuático con Halo podemos acabar disfrutando de un pintoresco universo que, bajo el mar, alberga a dos criaturas realmente asombrosas: Willem Dafoe y un pulpo que toca la batería. Creo que más no se puede pedir.

Así pues, salvando del desastre a nuestro octópodo amigo junto a un ocasionalmente rejuvenecido Dafoe, obtenemos un producto desternillante para un grupo de colegas que quieren pasar un buen rato entre las  incoherencias argumentativas de la película y los gazapos estratégicos de DC, además de un entretenimiento colosal para los más pequeños que (si aún conservan algo de lo que caracterizaba a mi yo de 8 años) se lo pasarán de miedo; saldrán del cine imaginando que son un hombre pez o que bucean a lomos de un temible tiburón. Creo que de eso tratan las películas de superhéroes, y no de coherencia. Nolan ha hecho mucho daño.

No puedo concluir la crítica sin llevar a cabo una obligada mención: Considero una experiencia de incalculable valor disfrutar en pantalla grande y con sonido ATMOS del torso desnudo de Jason Momoa emergiendo de entre las olas al ritmo de la versión de “Africa” (expresamente compuesta para el film) con la que Pitbull nos ha deleitado.

 

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