Pablo Sánchez Lucientes 30 noviembre, 2019
El Hoyo

Alabada nada menos que por gente tan mediáticamente atendida como Álex de la Iglesia y Nacho Vigalondo, esta inesperada ópera prima se alzó en el Festival de Sitges con el premio a la mejor película convirtiéndose ‘El Hoyo’, curiosamente, en la primera película española que obtiene el galardón desde 1994.

Conciliar crítica y público no es moco de pavo. En este caso la forma en que la película protagonizada por Iván Massagué lo ha conseguido no es nada sorprendente. Parte de este éxito se debe sobretodo a lo atractivo y sencillo de su propuesta: en el interior de un complejo dividido en pisos y habitado por dos personas en cada uno, una plataforma baja todos los días llena de suculenta comida. Su objetivo es incierto, antes bien lo único seguro es que, conforme desciende, ésta se va vaciando; entre hambre y gula, ira y desidia, los estómagos se llenan de manera proporcional al piso que cada uno ocupa. Por el contrario, inversamente es como se relaciona la altura a la que se encuentra cada habitáculo con las aisladas manifestaciones de dolor y locura. Todo ante la atenta mirada de personas que, contribuyendo al tan laureado éxito de la cinta, desean la irrupción inmediata de la solidaridad espontánea.

De ahí se derivan algunas consecuencias más, ¡como si éstas no nos interrogasen a niveles éticos y antropológicos suficientemente profundos! Quizá por esto mismo, por tocar tan acertados palos, su planteamiento ha captado el interés de los espectadores, cada uno de los cuales puede (y quiere) asomarse a su propio yo. La duda implícita en el ineludible interés que despierta está clara ¿qué harías tú en el hoyo? Sin embargo, la barrera infranqueable de la ficción nos obliga a reformularla: ¿qué es exactamente lo que nos ofrece la experiencia de las personas que estamos contemplando? ¿Qué nos aporta El Hoyo como película?

El Hoyo es una entretenidísima alegoría que disecciona nuestra sociedad con un bisturí diseñado a medida del reducido espacio en el que toma lugar. Poblado por escasos personajes y sujeto a todavía menos reglas, el microcosmos valientemente construido por Galder Gaztelu-Urrutia, David Desola y Pedro Rivero no llega a trascender apenas una simbiosis entre Cube e Hijos de los hombres. No obstante, consigue elaborar, apoyado en notables interpretaciones, una aventura con buen ritmo, quizá demasiado obvia en forma y desarrollo, pero cuyo contenido no se nos arroja a la cara como a idiotas. Cosa, esta última, que siempre se agradece.

Tal como hicieron obras maestras de la talla de La noche del cazador o Los hermanos Karamázov (referencias éstas que dan testimonio de la ambición social del film) El Hoyo despliega, al tiempo que comparte con ellas, un mensaje universal casi imposible de ignorar. Éste, que no busca otra cosa más que ser escuchado por la porción de la humanidad que conforman “los de arriba”, no es una deliciosa panacota, sino el rostro unívoco del extracto más maltratado de entre todos los que existen; el único remotamente capaz de despertar los resquicios de compasión que presumiblemente en nuestro mundo restan. Da que pensar.

 

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