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«Cantando en las azoteas»: cine de barrio

El primer largometraje de Enric Ribes -un retrato personalísimo sobre Gilda Love y su barrio- se ha estrenado este mes

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Película Cantando en las azoteas cines
Un fragmento de la película "Cantando en las azoteas", que ya se puede ver en los cines españoles

Cantando en las azoteas comparte título con un pequeño cortometraje de seis minutos rodado con una Bolex por Enric Ribes, su director. Comparte también barrio, el Raval. Y comparte por rigor conceptual -o respeto a la continuidad- personaje principal: Gilda Love, transformista de 96 años bautizado al nacer como Eduardo Enrique Gustavo Francisco.

Ninguno de esos nombres se le antojaba adecuado a Gilda Love -‘lo-ve’, como lo pronuncia Eduardo, que no ‘lof’- porque ninguno de esos hombres era ella. No se puede decir que no tuviese para elegir, pero de entre todos los posibles se quedó con el de Gilda, una de sus películas favoritas. Viajó a Paris, donde dio rienda suelta a su talento por locales de la capital francesa, aunque terminó instalándose en el Raval de Barcelona, el barrio que, siendo coprotagonista de este documental, hacía de telón de fondo para su historia en el cortometraje que lo precede. Aquí se muestra con más claridad en su cotidianeidad, sea en el mirar desde un balcón al butanero, sea cuando Gilda, como vecina, se encuadra no en el centro, sino en la esquina de un bar cuyo plano es invadido por el brazo tatuado de un parroquiano. Luego están las azoteas, con su ropa tendida en esas terrazas repletas de antenas, dibujando la silueta de un irregular paisaje de edificios desperdigados como dientes apiñados.

dónde ver cantando en las azoteas
Captura de la película «Cantando en las azoteas».
protagonistas de cantando en las azoteas
Captura del filme «Cantando en las azoteas».

Aquí reside la idiosincrasia contradictoria, conflictiva, casi inexplicable que atraviesa el documental. Humana como el barrio o Gilda, que enciende una vela sobre su nevera y besa los ídolos cristianos pegados a ella para, seguidamente, maquillarse con el objeto ver los shows de sus años de gloria; esos de los que las facturas que la atosigan parecen divorciarla mientras un pajarillo las picotea en un esfuerzo tierno pero ingenuo por hacerlas desaparecer. Todo ante los ojos de Rita Hayworth y las fotos de medio Hollywood que adornan las paredes. Al lado un crucifijo como oxímoron que revienta el plano en el que Gilda, desenfocada en medio, se funde entre los dos mundos. Por un lado, el de ‘los mariquitas’ del desconocido poema de Lorca que da nombre a la cinta. Por otro, el ahora que la rehuye o el pasado que la rechaza.

Por exigencias del guion, Gilda -la única razón por la que se dice documental esta narración- se ve obligada, aun endeudada, a acoger a una niña, de madre ausente y padre en presidio. Y ahí protesta con el mismo tono con el que bromea, con el que tan pronto te dice que se va a quedar sin casa aquí como en el cortometraje te contaba que su hermana melliza murió asfixiada en el vientre materno. Y por eso que la belleza se la quedó ella, que es el giro cómico que la hace especial, la contradicción de la risa que envuelve la tragedia, la misma por la que se hace cargo de la niña viviendo con el agua al cuello. Es el cuidado del barrio apiñado que se devora a sí mismo. Absurdo, pero tan verdadero como un documental que miente, éste, que realiza un ejercicio ‘mymexicanbretzeliano’: el de adscribirse sin quererlo a una tendencia de la que My Mexican Bretzel es la punta de lanza, Eles transportan a morte su última incorporación y Cantando en las azoteas la más humana de sus manifestaciones. ¿Cuál es? Despreciar la veracidad. Porque la verdad nunca nos hizo libres -en ninguna de sus formas, todas construidas-. Porque nunca existió como la imaginamos. Porque ya era hora.

Ribes ha entretejido una película sobre un personaje total, tan analógico como su imagen. Si en sus anteriores obras exploraba el collage, el ritmo caótico de unas fotografías que atestiguaban el pasado -sea este el del campo de Mauthausen, sea el de la juventud de una drag queen criada en la España franquista- en esta reposa con cadencia observacional, en un retrato sin consigna, sí, pero inevitablemente político. También contemplativo de un modo que nunca había sido su cine -ni la didáctica Glance up, ni el Cantando en las azoteas original, tan testimonial como su premiado mediometraje Grey Key, dejaban respirar la imagen como lo hace este documental-.

Compasivo por principio -que no objetivo- Cantando en las azoteas es neorrealismo aséptico de calculada puesta en escena. Es la reconstrucción guionizada sobre el lienzo de la evocación de un poema en el que, a brochetazos, el rostro de su personaje se confunde con su entorno. Casi nada. O casi todo lo que un documental no debería ser por principio: verdad (re)construida. Cuando no directamente mentira.

Tráiler de la película Cantando en las azoteas

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