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‘Nomadland’: polvo de estrellas

La ganadora del Oscar a mejor película ha conseguido cautivar a la academia con una reflexión sobre la pérdida que exuda sentimentalismo

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Fragmento de la película Normadland.

Erasmo de Rotterdam escribió a principios del siglo XVI un elogio de la locura. De él no es difícil colegir un hecho ampliamente comprobable; que todas nuestras acciones, por muy importantes que parezcan, rondan lo estúpido, lo tonto y lo insignificante. Observados desde lo alto no somos más que pequeños insectos danzando en un caótico frenesí, sin rumbo, sin sitio fijo, sin hogar.

Fern, la protagonista de la historia que nos ocupa, ha sido víctima de esta vorágine ineludible: de la estupidez empresarial, de la arbitrariedad del mercado y el cambio continuo de una sociedad cuyo ritmo resulta imposible de seguir. Siente en sus carnes una dislocación que escapa a su control y, en consecuencia, busca asir las riendas de una nueva vida en el no-lugar. Ha sido expulsada de donde vivía y le ha sido arrebatado cuanto conocía. Casi nada.

Ante todo, la road movie que Nomadland viene a narrarnos es un viaje interior. Este paseíllo por la estepa estadounidense y por las autopistas del dolor ha sido impulsado por su titánica protagonista, Frances McDormand, y dirigido por quien acaba de convertirse en la segunda mujer galardonada con el Oscar a mejor dirección: Chloé Zhao. Esta estadounidense original de Pekín ya se había dado a conocer en el panorama cinematográfico con otra contemplativa historia (The Rider) y su nombre no ha tardado en sonar para grandes proyectos. Por el momento se ha confirmado que dirigirá The Eternals para la chupóptera y omnipresente MARVEL. De seguir la estela de sus tres primeros trabajos podemos esperar que los superhéroes contemplen el horizonte y reflexionen sobre… ¿la eternidad? Independientemente de lo que ocurra (ya sabemos cómo funciona esta mafia) lo que está claro es que los proyectos de Zhao están sumergidos en una atmósfera natural y preciosista que atrapa y seduce por su suavidad, acariciando con sus tonos grisáceos y sus atardeceres nublados.

La historia, basada en un libro e interpretada por muchos nómadas reales (con permiso de su protagonista, que cuenta con la inestimable ayuda de David Strathairn), viene a introducirnos en una nueva forma de vida al margen de las rígidas y confusas urbes. Lejos del mundanal ruido hay comunidades, outsiders que buscan subsistir por sí mismos con el objeto de superar traumas o de encontrar un nuevo espacio en el que comenzar de cero. Nada de lo que el mundo “civilizado” puede ofrecerles es esencial; nada es necesario… salvo una cosa: la gente.

Inevitablemente, las personas buscan el encuentro, la escucha, el consuelo. Nadie vive solo por demasiado tiempo, y este testimonio gráfico lo muestra y demuestra. Su ritmo es paradójico: no ocurren demasiadas cosas, pero su montaje es frenético. Podríamos decir que su atractivo se sustenta en sutiles contrastes. El tiempo se sucede de forma enrarecida. Un año pasa como un suspiro y, sin embargo, el avance psicológico es casi inexistente. Es lo que tiene sanar heridas. Los caprichos del sentir son inaprehensibles y superar significa introducirse en caminos desconocidos, sobre todo en medio de esta jungla de plástico. No es de extrañar que se busque el contacto con la tierra, y, como cabras al monte, tendamos a la independencia, estúpida, por otra parte, si tenemos en cuenta que somos animales sociales. “Si nadie me entiende, hablaré solo”, nos decimos. Ahora bien, y como dice la canción, puedes huir de todos, pero de ti nunca vas a escapar. Ya en soledad nos refugiamos en la poesía, arrojamos piedras al fuego y esperamos un más allá, o lo que es lo mismo: algo más que esto. Mas las palabras bonitas y los ritos de paso son lustrosos adornos sobre piedra caliza, una forma de huir de la condición terrenal y mundana a la que estamos atados. Y esto es al final lo que debemos comprender: que de elevarnos lo hacemos tan solo a unos pocos centímetros del piso. No es más que una utopía de bobos, un sueño.

Nomadland representa la tan inmanente necesidad humana de trascendencia. David le pregunta a Fern si ha encontrado algo interesante. “¡Rocas!” contesta ella. ¿Qué otra cosa va a decir? Tierra de locos. Todos estúpidos, ¡todo estulticia! Y si todos somos locos, ninguno lo es. No existe la tierra de la locura. Cesen en su empeño de buscarla, no la encontrarán: allí donde miren solo verán rocas. Otra cosa es que a nosotros, que polvo somos y en polvo nos convertiremos, nos guste ir de dignos, y lloremos con los pájaros y sus nidos y nos creamos 90% polvo de estrellas.

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