Pablo Sánchez Lucientes 4 julio, 2019
Aprovechando la visita de Liam Gallagher a una de las capitales de Europa del Este, traigo en primicia la crónica de lo que es espera en el Bilbao BBK Live"

Servidor ha vuelto a adelantarse a los festivales españoles. Aprovechando la visita de Liam Gallagher a una de las capitales de Europa del Este, traigo en primicia la crónica de una noche que resume, a grandes rasgos, lo que se nos está permitido esperar del primer cabeza de cartel del Bilbao BBK Live de este año.

Tic-tac. De cadencia pausada, este metrónomo marca el ritmo de una soleada tarde en uno de los múltiples parques que escinden parte por parte la zona urbana de Praga. Por supuesto, siempre tic y tac, sin faltar al número de beats que se deben alcanzar por minuto, animando de poco en poco un ambiente familiar que difiere mucho del que acostumbra a haber en los festivales españoles, repletos de influencers y modernos. Metronome llaman al pulmón más importante de la ciudad y, por extensión, igual bautizaron al festival. Y esto, a pesar de que no se celebre en el propio parque, sino en otro colindante. No importa demasiado. Hoy día nada significa nada y todo está en ninguna parte.

Oasis se disolvió hace ya 10 años. Los hermanos Gallagher, que lideraron el mundo durante cosa de dos años en la década de los noventa, han ido, desde su disolución, construyendo madrigueras en arboledas distintas. Uno de ellos sale de vez en cuando buscando la vuelta del mito, presentándose en directo con una suerte de danza de apareamiento de carácter incestuoso. El otro amansa para sí en su madriguera, racionando sus provisiones de cara a lo que promete ser una longeva vida artística. Liam es, sin duda, el que más cartuchos ha quemado. Muestra de ello es la desgastada voz con la que, el pasado 21 de junio, capitaneó el ritmo nocturno de la capital checa.

La pasada noche, tras caldear los ánimos al ritmo de Fuckin’ in the Bushes, los mandaos que tocan para el menor de los Gallagher se endosaron sendos instrumentos en la oscuridad, colocándose discretamente en formación a la espera de su líder. Comenzaron a sonar entonces los acordes de Rock ‘n’ Roll Star, primera (y no única, pero sí suficiente) prueba de las deficiencias del material original del cantante. Se dice en los medios checos que Liam Gallagher no es un “showman”, afirmación que  bien merece ser matizada. Mr. Parka apareció ante la ovación general con el pack completo: gafas, maracas y pandereta, así como su inconfundible forma de andar. A pocos metros del vocalista, uno no puede sino preguntarse qué concierto vieron los periodistas autóctonos. Porque, desde el insignificante movimiento de uno de sus pelos hasta lo afilado de su mirada, Liam Gallagher es un derroche de actitud, un manojo de sinceridad que rellena escenarios de una zancada; para bien y para mal.

Tras un comienzo atronador que tuvo la buena fortuna de ser enlazado directamente con una incontestable Morning Glory, el conjunto encabezado por el exvocalista de Oasis introdujo algunos temas pertenecientes a la primera aventura solista del cantante; de tal naturaleza fueron Wall of Glass y For What It’s worth. Seguidamente, se presentó el primer adelanto de Why me? Why not, su próximo disco. La arrolladora Shockwave, que cuenta con un videoclip de estética “tarkovskiana”, se reveló como una gloriosa elección para directo. Las referencias a Tarkovski pueden llevarnos a pensar que algo de madurez ha contaminado la agria y caprichosa mirada de uno de los frontmans más imponentes del panorama mundial. Pero nada de eso: Liam no cree que le deba nada a nadie, sino que juzga a su público desde el minuto uno, maltratándole con gestos y aspavientos, exigiendo de cada uno de los presentes más de lo que él mismo está dispuesto dar. No se da cuenta de que quiere un River Plate que tan solo responde a Oasis, pero que para ello no está dando nada más que un digno tributo, sombra de un pasado cuya épica se magnifica hoy día.

Aun con todo, aunque su ídolo tenga la desfachatez de equivocarse en la primera frase de Roll With It o deje de cantar una estrofa para encararse con el de iluminación, sus fans (me incluyo) respondieron con entusiasmo a los balbuceos ininteligibles y los caprichos sin sentido del cantante. “Tienen una bonita ciudad, cuídenla” dice sin mucho entusiasmo frente a la enorme pantalla que ahora adorna sus shows. Lo que dice lo dice de corazón. Él solo da la verdad y nada más que la verdad. Desde luego, lo que no se le puede echar en cara a este hombre es falta de transparencia. Lo que sí se le puede reprochar, tal vez, es su criterio a la hora de elegir los temas a interpretar de cara a su rango vocal. Porque tan pronto está bordando Columbia o Be Here Now como destrozando Cigarettes and Alcohol. Y esto en una dinámica que es impredecible, en la cual su voz oscila violentamente entre lo rasgado y lo asmático.

El momento más cuantitativamente feliz llegó de la mano del himno (des)afortunadamente inmortal que es Wonderwall. Llegado aquel punto del concierto, todas las estatuas que habían ocupado las primeras filas entre hooligans y maduritos britpoperos sintieron la necesidad de sacar sus móviles con el objeto de inundar Instagram de stories. Me pregunto escribiendo estas líneas si alguno de ellos llegó a subir el instante en el que Liam dejó al público cantar el estribillo. Estático sobre el escenario, el arrogante juez direccionó el oído hacia la muchedumbre. ¿Su respuesta? Movimiento simultáneo y ladeado de palma y cabeza: regulín regulán… Nada agradable pero bastante gráfico. Antes de que se llegaran a escuchar los coros que su hermano Noel acostumbraba a hacer, nuestro laureado jurado de La Voz había desaparecido por el lateral del escenario. Volvió a salir, no muy contento, para interpretar una Champagne Supernova a piano, percusión y voz, comiéndose 15 minutos de lo que, supongo, debía de haber firmado con los responsables del festival. Potente y minimalista conclusión. Suficiente para un concierto frío y sin sorpresas, obra de un boxeador que se ha pasado hora y cuarto peleando con su viejo enemigo: el micrófono; dejándose la garganta en cada sílaba, esperando que la persona indicada lo vea, lo juzgue y reúna la banda originaria que le dio la fama y por la que, hoy por hoy, clama en silencio.

A diferencia de su hermano, Liam ha puesto el foco de su nuevo proyecto sobre sí mismo, ignorando cualquier persona que le ayude o le haya apoyado por el camino. A Beady Eye ni se le quiere ni se le espera y los nuevos de a bordo parecen ser ignorados. Mientras que los músicos que acompañan a Noel son pájaros de altos vuelos, los de Liam son mercenarios sin nombre, simples asalariados a los que no se les debe mención alguna sobre el escenario.

¿Qué quiero decir con esto? Bueno, pues que es posible que la etiqueta de cabeza de cartel le venga grande a esta “banda”. En cualquier caso, si eres fan de Oasis no puedes perderte, el 11 de julio en el Bilbao BBK Live, un concierto que se compondrá de seguro por un 60 porciento de himnos apasionantes. Eso sí, ponte lo más cerca que puedas para poder apreciar la exhibición mímica que este señor de 46 años ofrece; las carcajadas están aseguradas. Allí no solo tendrás que convivir con fans acérrimos, sino también con las estatuas de las que hablaba antes; personas a las que, parece ser, no les importa lo más mínimo mantenerse en pie durante horas a la espera de una única canción.

Desde aquí, por si alguno de ellos me está leyendo, quiero brindar un sabio consejo: no seas imbécil, aprovecha el tiempo que se te ha dado. En vez de ocupar espacio de manera inútil, vete a la zona de Djs a hacer migas con cocainómanos o haz el pino puente sobre alguna colina de Kobetamendi. Harás nuevas amistades y podrás documentar en riguroso directo las tontadas con las que tú y tus amigos os lo pasáis en grande.

 

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