Lidia Núñez 1 diciembre, 2019
ojalá hubiera mercadillo todos los días

Son las nueve de la mañana, aunque es un día gélido de noviembre el sol ilumina el paisaje ocre que crean los árboles y las hojas caídas. Hoy es martes de mercadillo, como cada semana los vendedores ambulantes montan sus puestos en la calle Carballino de Alcorcón. Están dispuestos en dos filas una enfrente de la otra creando un paseo por el que transcurren tantas personas como carritos de la compra. A esta hora ya se puede oír cómo cantan los precios mientras que los más rezagados siguen montando su tendido de hierro.

La mayoría de puestos son de fruta y verdura, aunque también encontramos encurtidos, moda y menaje del hogar. Laura trabaja en un puesto de fruta, viene a este mercadillo desde hace siete años mientras que su jefe lo hace desde hace 45, su familia tiene una huerta donde crían todo el género que luego venden. La salida que le dan a la mercancía la hacen de manera exclusiva en estos mercados, “vamos a otros tres puestos más, mañana me voy a Torrejón, pasado a Pinto y el viernes a San Fernando”.

Enfrente aún están colocando las coloridas zapatillas que venden. Carmen lleva viniendo toda la vida lo hacía ya de niña con sus padres, y desde hace 29 años viene por su cuenta. “Cada día voy a un sitio Alcorcón, Alcobendas, Fuenlabrada, Tres Cantos… y así de lunes a domingo”

En la Comunidad de Madrid hay 186 mercadillos, repartidos en 136 municipios. Lo que se traduce en alrededor de 3.400 autónomos dedicados a la venta ambulante. Entre los vendedores se aprecia cierta hermandad, se saludan, se piden cambio entre ellos… Muchos cantan y piropean a los clientes, se puede escuchar a un hombre decir “aquí tiene joven” mientras se dirige a una mujer con el pelo color plata.

Son las personas mayores las que más frecuentan los mercadillos, ataviados con sus coloridos carritos de la compra recorren los puestos buscando el mejor precio. Rosa y Concha son dos amigas que siempre que pueden van al mercadillo, normalmente vienen a comprar verdura pero confiesan que suelen echarle el ojo a alguna prenda de ropa. “El problema de los mercadillos es que hay que comprar mucha cantidad y cuando somos pocos en casa es difícil”, cuenta Rosa enseñando la malla de 10 kilos de patatas que ha comprado por 2,50€.

“Junto a su marido regenta su puesto de fruta desde hace medio siglo”

La han comprado en el puesto de Mayte, una veterana en la venta ambulante. “¿Cuánto tiempo llevo viniendo? – resopla- pues unos cincuenta años”. Junto a su marido regenta su puesto de fruta desde hace medio siglo, nunca han tenido un local fijo, siempre han vendido su mercancía en los mercadillos. De la veteranía a los más novatos, Carlos y Raquel son un matrimonio que acaba de estrenarse en los mercadillos y la venta ambulante. “Nosotros llevamos muy poco en este mercado, un mes y pico”, cuentan mientras terminan de colocar la bisutería que esperan vender a lo largo de la mañana.

Continuando por el paseo hay un obstáculo que dificulta el paso. Es un hombre vendiendo paraguas pero su puesto no es tan grande como los demás. Se compone únicamente de una caja de plástico sobre la que ha colocado sus paraguas. Este tendido improvisado no es legal, como explica Ramón, el frutero que se encuentra enfrente, las plazas donde montan sus puestos se pagan, lo hacen anualmente, como un alquiler. “Tú no puedes venir mañana y montar, se necesita una licencia y esa licencia se paga- explica Ramón- tenemos que tener los cartones visibles para que la policía los pueda revisar”.

Así funcionan los mercadillos, en la Comunidad de Madrid son los ayuntamientos quienes autorizan y gestionan estas plazas. Los vendedores ambulantes pagan una cuota en función del tamaño de su puesto. Para un puesto de tres metros cuadrados el precio es de 92,10€. Si alcanza los 6 metros cuadrados la cuota sube hasta los 123€, y así sucesivamente. La cuota más alta es la de los puestos de más de 10 metros cuadrados que tiene un coste de 147€. A esta cuota se suma la tarifa de ocupación efectiva que suponen 2,55€ por metro cuadrado y cada mes.

Además, deben dar de alta su negocio en el Impuesto de Actividades Económicas y en el régimen de la Seguridad Social. Cumpliendo estos requisitos y habiendo pagado las tasas municipales tienen siempre visible la autorización con datos personales y una dirección a la que poder efectuar reclamaciones, como explicó Ramón.

“Vengo todos los martes, ojalá hubiera todos los días para venir, hija mía, porque me encanta”

Una vez superado el minúsculo puesto de paraguas, a lo lejos se ve a un grupo de mujeres dispuestas en un círculo entorno a algo difícil de distinguir. Más de cerca, se vislumbra un montón de ropa, hay prendas estampadas, coloridas, vaqueras e incluso de pana. Las clientas cogen al azar las prendas, la estiran y si les gusta la apartan, sino es devuelta de nuevo al montón. Una de estas buscadoras de chollos es Maribel, cuenta que ella viste de mercadillo porque es más barato y es lo que se puede permitir. “Nos vestimos de mercadillo porque a un centro comercial no puedo ir”, cuenta mientras señala a su hijo que está en silla de ruedas.

“Vengo todos los martes, ojalá hubiera todos los días para venir, hija mía, porque me encanta”, asegura Maribel. Justo en frente, y sin despegar la mirada del montón de ropa enredada y sin doblar está Merce. “Vengo al mercadillo porque me gusta. Y vengo donde mis amigos que conozco de toda la vida” explica, mientras que Manuel, el vendedor de este puesto, se sonríe.

Manuel cuenta que viene a este mercado todas las semanas, “pero de eso no te puedes mantener, necesitas hacer esto mismo pero varios días a la semana- explica- en mi caso, trabajo con cinco mercadillos, uno cada día y dos de descanso”. En esos dos días de descanso Manuel va a comprar más género para su puesto, no tiene una tienda fija siempre vende en los mercados.

Pasado un rato, Maribel vuelve y dice muy convencida “me encanta el mercadillo, me gusta vestir de mercadillo pero hay otras que no lo dicen. A Maribel le viene muy bien el mercadillo. Para ella es más fácil comprar aquí que en las grandes superficies. No solo por el precio sino también por el fácil acceso y la cercanía. Sin embargo, asegura que “hay muchas que compran aquí y luego van diciendo que es de El Corte Inglés”. Justo antes de irse y derrochando sabiduría popular Maribel sentencia “Hay quien come garbanzos y quiere eructar jamón ibérico”.

Esta es una de las grandes funciones de los mercadillos de barrio, sus precios asequibles atraen a personas con dificultades económicas y encuentran un lugar donde hacer la compra sin el temor de superar su ajustado presupuesto. De hecho, la venta en los mercados ambulantes se ha incrementado en los últimos años, coincidiendo con los estragos que la crisis económica causó en los barrios.

Ante la pregunta de por qué compra en los mercadillos, María lo tiene claro. “Venimos aquí porque es más barato, es fácil contestar” dice sin titubear. A su lado está Paquita que asegura que con 50 euros en el mercadillo puede “hacer virguerías”. Para ello, deben conocer muy bien los mercadillos por eso Paquita asegura que pasa aquí el tiempo que sea necesario “lo que tardo en dar una vuelta y ver todos los puestos”.

Así son los mercadillos de la periferia, lugares donde no solo se fomenta la economía local sino que también son puntos de encuentro, los mercadillos son muy de barrio. Son uno de los elementos fundamentales de los municipios de la periferia, justo detrás de los parques, las plazas y los bancos. Todos ellos podrían contar miles de historias. Los mercadillos desarrollan, incluso, una función social con sus precios asequibles, que son aptos para todos los bolsillos lo que permite que todo el mundo compre en ellos independientemente del tamaño de su presupuesto. En parte sustentan al barrio, ojalá hubiera mercadillo todos los días.

Foto: Lidia Núñez (InfoDiario)

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