Emilio Francisco Amo Urbano 30 septiembre, 2018

Escribo para ti que me lees. A ti, que no conozco ni tu nombre ni tu vida; pero cercano, desconocido, anónimo y amigo. Te escribo a ti, que batallas la vida, que la exprimes y la disfrutas, que la sufres y la cargas sobre tus hombros lastimados y desgarrados.  A ti que te levantas cada mañana para regar con tu sudor el campo de tu siega; que experimentas la poquedad de la existencia humana, que lloras en silencio y en secreto; a ti que estás sentado en el filo de la cama al amanecer del día y no tienes esperanza porque todo lo has dado por perdido. Te escribo a ti, amigo, compañero de luchas; soñador de otros mundos, enamorado del alba, poeta de versos libres y melancólicos, de odas tristes y pocas veces alegres. A ti, guerrero. A ti, hombre o mujer, humano que habitas en el mismo suelo de mis pisadas. Déjame que en el silencio de estas letras te musite tu nombre, que te deletree cada palabra bruñida en el calor de compartir tu misma existencia. Permíteme acercarme, abrazarte.

Dedicarte mi voz ronca, mis letras pobres, mi vida errante como la tuya. Caminemos juntos de la mano, paso a paso, sin detenernos, despacio, deteniéndonos en cada milagro que el sol del amanecer regala a los campos amarillos, antes más verdes que el verde de las aceitunas que nacen como fruto de tu esfuerzo. Aún hay esperanza. Aún hay motivos para seguir luchando, para seguir peleando, para seguir creyendo, para seguir esperando. Aún hay pequeños reductos en los cuales podremos alzarnos victoriosos e intrépidos; aún hay alcazabas desde las cuales podemos divisar los que fuimos y lo que seremos, lo que puedes ser y hacer. A ti te escribo, por tanto. A ti, amigo, compañero, hermano. A ti, seas hombre o mujer, de mi misma especie ahora que tanto se separan los sexos y se acentúan las diferencias como si no fuésemos todos hijos de un mismo Padre.

Ármate del valor de los combatientes antiguos que habitaban tus tierras. Sé valiente, no retrocedas. Deja que el viento acaricie tu faz morena y joven. Y lánzate. Lánzate a las huestes de quienes pasaron dejaron huella cuando las cosas no les eran favorables. Cíñete la coraza de la verdad y no escuches a los perros que ladran en el camino porque lejos de infundirte temor, son ellos los que sienten el temor de tu presencia. No te rindas. Óyelo bien: no te rindas; graba a fuego en tu memoria mis palabras: no te rindas, no des cabida a la desilusión, ni al desánimo, ni a la derrota. Tú puedes. Tú tienes la capacidad,  el valor, el coraje, la audacia. No sientas miedo de tus debilidades, ni de tus fracasos. Ahí está tu fuerza, en tu debilidad, léelo bien, sí, en tu debilidad. Conócete y vencerás al mundo. He ahí el secreto porque Dios dice que en la debilidad está su fuerza. ¿Cómo podrás sentirte solo y cobarde?

No les tengas miedo, ni de sus palabras. ¡No le tengas miedo a la vida, ni a sus dificultades, ni a sus reveses! ¡No tengas miedo de ti mismo! ¡no le tengas miedo a nada de lo que sea tuyo aunque lo tuyo solo sean pobrezas y limitaciones!

No importa lo que tardes en caminar sino  que lo hagas. No importa que llores porque llorar purifica el alma y nos hace más auténticos, más reales, más personas. Quienes no lloran serán de todo, menos de los nuestros.

Y, ahora, déjame que te abrace. Fuerte, muy fuerte. Sé que lo necesitas. ¡Ojalá se repartiesen abrazos gratis por doquier!

No te rindas jamás. Nunca. Avanza victorioso, alegre, sonriente, sacando dientes como la Pantoja. Cómete el mundo y, cuando puedas, cuando lo necesites, el aire de la Cumbre de Nueva Carteya purifica, renueva y enciende. Desde aquellos parajes, la conquista del mundo es cuestión de una propuesta: lanzarse.

¿Te animas?

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