Emilio Francisco Amo Urbano 19 agosto, 2018

Han dejado de funcionar las computadoras y los celulares han acabado con sus baterías. Ya no sirven para nada. Internet, que hasta ahora lo ha ocupado todo, ha desaparecido inmerso en su omnisciencia. El hombre, que ya estaba avesado a tales adelantos, en sí mismos positivos, se ha quedado tan huérfano que ya no le encuentra sentido a su vida: es incapaz de sobrevivir al silencio de la conectividad, de los textos y mensajes instantáneos, de las conversaciones mudas en la mesa y al vertiginoso regreso al papel, sean periódicos, sean libros.

Hasta ahora, vivir, consistía en redes sociales que fisgonean nuestra intimidad compartida con extraños. Las conversaciones, a mensajes y audios ilegibles e inteligibles que, bien arrastran a un auténtico aislamiento social, bien nos convierten en auténticos analfabetos cultos. La decencia por la que uno no aireaba lo íntimo se comparte a cientos de desconocidos de una red social y, la conversación fluida, a varios centenares de frases instantáneas sin sentido y mal escritas que nos impiden levantar la cabeza de una pantalla muerta a la que nosotros nos empeñamos en darle vida. De hecho, ya no se juega en las calles, ni la tirada de los periódicos es la misma, ni las personas son las mismas, ni la vida es la misma. Nos hemos convertido en seres ontológicamente esclavos de los adelantos que lejos de servirnos, somos nosotros los que le servimos a ellos. La vida ha cambiado, el hombre ha cambiado, las relaciones han cambiado. Han muerto.

La tecnología ha cambiado el sentido de las relaciones humanas y de la sociedad. La ha convulsionado fuertemente, asiéndola con una mano que asfixia y otra que destruye. La globalización cibernética ha convertido la aldea mundial en un patio de vecinos donde cada vez menos se lee, se genera una sociedad dependiente a las aplicaciones y una juventud solitaria e incapaz de relacionarse físicamente con los demás porque no saben hablar ni escribir sino es por un aparato (miren las terrazas de los establecimientos, la inmensidad de utilidades de los teléfonos…).

¿Son entonces malas? Sin lugar a duda, no. El avance, la tecnología, la ciencia, ha galopado velozmente estos últimos años y la calidad de vida, por ello, es más cómoda, sencilla y comunicada. Es preciso considerar que las ventajas, utilizadas sabiamente, son mayores que los inconvenientes. Salvo cuando éstas nos esclavizan, nos cierran los oídos y nos enmudecen los labios. Cuando nos hacen menos personas y nos convierten en ilusos que utilizan oraciones que, en un corta y pega, corren como gacela hacia lo Alto como si Dios tuviese Facebook y leyese nuestros mensajes.

Es verano y es tiempo de descanso. Prueben, si pueden, a descansar también del móvil si no es necesario. Del Facebook, del WhatsApp y del Instagram. Prueben a vivir la vida, a disfrutarla y a exprimirla. Sin necesidad de necesidades adquiridas, sin ataduras ni cortapisas, valga la redundancia. Vivan la realidad, la que está presente, la que palpamos sea dura o buena. Pero no se duerman despiertos con sueños livianos.

La sociedad avanza y con ella las tecnologías. ¡Un bravo para el hombre! Pero ¡cuántas marionetas se lleva por delante!

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