Un sediento cachorro busca ansiosamente las mamas de su progenitora. Desliza el morro por su vello hasta que encuentra una a la que agarrarse: “Mmm… se siente bien pero… ¿y la leche? ¿Cómo es que de esta mama insólitamente alargada no emana el dulce néctar que todo recién nacido desea?”. Confuso, siente cómo el cuerpo al que está amarrado con ciega avidez comienza a moverse rítmicamente, dejando que la mama se deslice una y otra vez, robusta como un roble, hasta el fondo de su garganta. De forma inesperada, sus pupilas se dilatan revelando el inconfundible terror que tan solo el fatal desenlace inconscientemente consentido puede producir: no es su madre, es su padre; no es una mama, es su po…

Así, a modo de gag visual y a ritmo de una desafinada interpretación a flauta de la canción de Titanic, se muestra un vídeo que circula por Twitter. Una situación de incomprensión, una (des)agradable confusión que se pretende tornar risible en la distancia que existe entre nuestra conciencia de la violación y lo inocente del instinto animal. De mamadas va la cosa, sí, en concreto de una polémica y pringosa que compartió el humorista David Suárez y que ha despertado el interés de la Fundación de los Derechos Humanos. Por si alguien todavía no ha sucumbido al horror del humor negro de este cómico, el tuit rezaba lo siguiente:

Se prende la llama y se sirve la polémica en caliente, aderezada con una buena cantidad de opiniones personales sobre si (“para mí”) el humor tiene límites o no. El pueblo habla y las empresas obran: David Suárez pierde su trabajo y la policía moral suspira aliviada. Objetivo conseguido camaradas, alzando nuestra voz común hemos sido escuchados. Las cosas pueden cambiar y las personas cuyas expresiones son perniciosas para el desarrollo de una sociedad más inclusiva y tolerante son susceptibles de ser castigadas; nunca más serán, como ellos se creen, seres que se encuentran por encima del bien y del mal.

Ahora, en los restos de este naufragio vírico, podemos reflexionar sobre la masa y la influencia que ella tiene sobre los medios y las grandes empresas, cada vez más preocupadas por la posibilidad de ser víctimas del escarnio público. Eso sí: podemos taparnos los ojos y correr un sinfín de “tupidos velos”, pero al final el capital se va de rositas y el individuo es denostado y condenado al ostracismo. Aunque bueno, no del todo, ya que, en su comunicado, Suárez se mantiene en sus trece: quiere guerra y parece ser que algo más sofisticado (o, por lo menos, más brutal) tiene que surgir para poder tumbarle. Así que dejemos a un lado por un momento lo peligroso o maravilloso de que hayamos descubierto una vez más el grandioso poder del que, en medio del temporal, podemos llegar a ser capaces. Hablemos del límite, de la frontera y construyamos nuestros endebles argumentos dentro del terreno del bien. ¿Quiere guerra? Tendrá. No se preocupe señor Suárez, se le proveerá de un ruidoso conflicto:

Ese chiste (o más bien salvajada) atenta contra la libertad sexual de las personas con síndrome de down (o, como me gusta decir a mí, con #disCAPACIDAD) sugiriendo que son extremadamente efectivas en lo que a mamadas se refiere. Además, con él se está queriendo decir tal vez (deduzco por el contexto entre líneas) que David Suárez está corrompiendo a alguien que es fácilmente influenciable en determinados casos. Sin embargo, esta opción puede presuponer demasiado, ya que el padre que envió una carta en respuesta al susodicho tuit defendía que las personas con síndrome de down son capaces de mantener relaciones plenas. Si no es nada de lo anteriormente mencionado significa que se ríe, sin ningún tapujo, de su babeo, el cual no afecta necesariamente a ninguna persona que no sufra de esta enfermedad, y que, aunque consideremos puntualmente cómico en sujetos cuyas muecas demuestren un déficit de atención signo de una extrema enajenación mental momentánea, no debe convertirse en motivo de mofa en lo que concierne a uno de los colectivos que más protección requieren por parte de ésta, nuestra inclusiva Sociedad. Razonamiento expuesto, por supuesto, a la espera de que alguna estadística de carácter científico demuestre si de verdad las mamadas que “utilizan mucha baba” son mejores que las que no. Finalmente, el muy ingenioso toma el síndrome de down como una desgracia, cuando no es ni mejor ni peor que ninguna otra condición, ¿por qué tendría que ser ese síntoma una ventaja? Definitivamente su conclusión es cínica y propia de un psicópata. ¿Quién se cree usted señor comediante?

Para evitar que personajillos con miles de seguidores como este sigan esparciendo su humor de chichinabo, su comedia de malote impropia de cualquier persona que se considere un individuo decente a la par que ciudadano respetuoso, debemos encontrar el límite que, al menos como control social, como tiránica mayoría que regula fuera de la ley la libertad de expresión, podamos aplicar sin distinción a todos los listillos que se pasan de la raya. Y es que no puede continuar la moda del humor negro como cabeza visible de la libertad de expresión si este se dedica a denigrar al oprimido en lugar de dirigir sus ácidas ocurrencias hacia arriba, dirección al cetro de poder.

No obstante, días después ya no hay nadie: la turba se ha disuelto . Toda la gente que había determinado que eso no era humor y había denunciado el tuit por “incitar al odio” ha desaparecido. Tan solo queda algún despistado que se descojona de las miserias de Suárez y sienta cátedra sobre lo que de verdad es humor. Y tiene razón, la ofensa nuca más debe formar parte de las relaciones humanas. Defensores del humor “travieso”, madurad y  superadlo; no sois transgresores, sois tan solo abusones.

Nuestro problema es que queremos el límite pero no delimitamos. Gritamos por la justicia moral ante los ojos de todos nuestros seguidores pero no tomamos cartas en el asunto. Muy fácil es abogar por el humor “para todos” pero díganme ¿Dónde está ese humor? No tenéis la valentía de buscarlo. Yo, en cambio, tras una minuciosa investigación, he encontrado la sonrisa nacional: aparece en la mediatización de un conflicto entre vecinas que se arrojan orina en el rellano, o en la bizarra familia guardián del ya famoso baptisterio romano que tantas carcajadas ha arrancado a lo largo y ancho de nuestra geografía. Se encuentra también en los placeres remilgados de Ramón el Vanidoso, el drogadicto más famoso de nuestro país. Otras veces yace recostada en el sofá, con los ojos clavados en Mi gran boda gitana, reality que nos descubre exóticas culturas. La aparente falta de humoristas que la pestilente estela de La vida moderna nos impone no nos deja ver a comediantes que, sin la necesidad de utilizar a sujetos desprotegidos, también son partícipes de este humor patrio de calidad. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, la irreverencia feminista de Patricia Sornosa, la ácida parodia de Miguel Lago y la agudeza cotidiana del inconfundible Berto Romero. Es aquí donde para nosotros, los españoles, se encuentra la verdadera comedia.

Pero qué decepción la mía cuando descubro que todo es pura farsa y que nuestro país necesita revisar sus privilegios antes de reír. Ahí aparece el límite y se consolida la frontera: ¿consideramos admisible el seguir riendo a costa de personas mayores que ya no se encuentran al 100% de sus facultades? ¿que nos entre la risa floja al escuchar los planes que un drogadicto tiene para sus permisos penitenciarios? Tampoco parece de recibo que se desvirtualice la cultura gitana para el disfrute del mundo payo (ya tenemos suficiente con Rosalía). No intentemos ahora refugiarnos en los teatros y bares que llenan nuestros cómicos: ellos también están infectados. Patricia Sornosa, aun teniendo el favor de ser mujer, se permite bromear sobre algo tan serio como la violencia de género, y Berto Romero, el humorista favorito de los españoles, es incapaz de escribir un monólogo sobre smartphones sin recurrir al desgastado estereotipo del turista asiático. Pero el peor… El peor es el sinvergüenza que se esconde tras su impecable traje, esperando con abominable sonrisa a que lo tomemos por “personaje” (también conocida como la excusa tras la que los malos comediantes se escudan para poder atentar contra los desprotegidos). Miguel Lago es un hijo de puta que se cree que por hacer “sátira social” ya se puede permitir bromear sobre mendigos. Horrorizado me quedé al contemplar el teatro riendo al unísono a carcajada limpia, disfrutando con una frialdad espeluznante de la triste realidad que ellos, como personas privilegiadas, jamás sufrirán. El muy impresentable, por supuesto, lo intentó arreglar: “¿Qué clase de personas sois que os reís de un mendigo sin brazos?”

Eso mismo digo yo, ¿qué clase de monstruos somos? Y más importante ¿qué hacemos que no estamos limitando y censurando todas estas vejaciones públicas creando de una vez por todas la frontera que permita el desarrollo de la comedia definitiva, esa que no atenta contra nada ni nadie, que no demoniza culturas ni ataca individuos ni coloca la risa en el lugar de la miseria, perpetuando estereotipos racistas, machistas y prejuicios basados en el desconocimiento clínico de la condición de nuestros semejantes? No dejemos que todo se desvanezca en lo acalorado y efímero del linchamiento público, ¿queremos límite? Pongámoslo; pero no a modo de parapeto temporal, arbitrario e incoherente, sino minucioso y férreo, como el telón de acero. No más moralistas de boquilla, sino ciudadanos activos y comprometidos, verdaderos abanderados de las causas sociales que, a través de la censura, denfenderán a los débiles y, cual arquitectos ejemplares, pondrán la primera piedra sobre la que se edificará la nueva sociedad, madre patria de la risa horizontal.

Para dar comienzo a este inconmensurable proyecto deberíamos tal vez, en lugar de poner el grito en el cielo por una mamada al azar, arrancar de la esfera pública todas de golpe. Porque David Suárez era tan solo una mala hierba, pero la realidad es que transitamos bosques angostos. Así que manos a la obra y a podar, que ese cachorrito se está ahogando y balbucea agónicamente esperando nuestra ayuda.

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