Pablo Sánchez Lucientes 31 diciembre, 2018

 

 

 

La procrastinación es una de las actividades que llevo a cabo asiduamente cuando poso mis nalgas en el inodoro. Comienza como una necesidad fisiológica y concluye en ese oscuro pozo de mierda en el que YouTube se ha convertido. Todo, en efecto, muy relacionado. Reduciendo el tiempo que debí, debo y deberé dedicar a la lectura he sido consumidor mentalmente pasivo de lágrimas de cocodrilo y absurdas gilipolleces aderezadas por un burdo y escasamente imaginativo clickbait. Nada me ha detenido de ejercer libremente mi mediocridad, la cual es (especialmente en un momento tan vulnerable como ese) de una dimensión tal que colapsa mi cerebro cuando este la intenta abarcar.

Operación Triunfo es una pantomima. Dicho esto cada uno puede supuestamente consumir lo que quiera una vez ha cumplido la mayoría de edad. La cruda realidad, sin embargo, es que los prejuicios y las barreras legales con las drogas continúan decidiendo lo que podemos o no consumir mientras nosotros nos permitimos (el lujo de) atentar contra nuestro juicio a través de programas de telebasura como Operación Triunfo. De normal sufro de ardor de estómago y escozor anal, pero cuando lo inane se convierte en extraordinario de cara a la opinión pública el malestar se descontrola y hace de mí un simple y dolorido cacho de carne parlante, un carca de 50 o, simple y llanamente, un mediocre. Porque OT la promueve (la mediocridad, quiero decir) y no solo de puertas para adentro, sino tomándonos a todos por imbéciles. El programa se dedica a mostrar impunemente ante millones de miradas impasibles un escaparate que se sirve de las etiquetas (los homosexuales carismáticos, el negro que quiere ir a Eurovisión o la gorda que contrataron y despidieron por una idéntica y doblemente aplicada razón) para vender un estratégicamente acotado himno a la tolerancia, llenando su canal de lenguaje inclusivo banalizado (a mi juicio) hasta la pérdida total de sentido y convirtiendo utilitariamente (nuevamente a mi parecer) características propias de minorías en cool hashtags sinónimo de la sana circulación de un capital al que le somos indiferentes.

Este espacio televisivo, que está muy lejos de representar la tolerancia de nuestro país y todavía más lejos de cultivar su desarrollo artístico, ha sido construido desde su primer cimiento como fábrica de efímeros ídolos de mercado, vacuos e indiferentes para el desarrollo de nuestra cultura. Los videoclips de los primeros triunfitos se nutren ahora de la nueva edición y el arte se transforma en sinónimo acuradamente calculado de promoción. La visita de escritores, músicos y demás celebridades se maquilla de supuesta ventana masiva, millenial, privilegiada y pop para la cultura. Ahora, invito a que cualquiera me defienda que Blue Jeans los visita para mostrar cultura autóctona y no para vender su bazofia. Ante él, los concursantes, reteniendo sonrisas de fingida excitación, apuntan desde su perfil bueno a la cámara de turno, esperando el momento de mostrar su artificial sorpresa y ensayada exaltación por el libro (inexplicablemente editado en masa) que les espera a cada uno en sus respectivas camas.

OT trata a las personas que participan en él (y a nosotros al otro lado de la pantalla) según su valor económico en el asunto. ¿Qué single vamos a escuchar? ¿Qué disco vamos a comprar? El que nos digan, y aún peor, el que les ordenen a ellos recitar para explotar al máximo su (todavía) joven y lozana imagen. Si eso no es coartar el desarrollo artístico y contribuir a la mediocridad necesito urgentemente que alguien me explique qué es. De paso, alguien podría también aclararme cómo el desbordante y versátil talento de Aitana ha producido (en menos de un año desde su salida de la academia) un libro en tapa dura que yo jamás publicaré y una fragancia que dudo que nadie pueda justificar como iniciativa propia. Creo que es importante resaltar en este punto que esto no se ha comercializado al modo American Idiot o como Coldplay cuando perdieron toda gracia; su éxito ha sido enteramente construido y basado no en el mérito musical de sus propuestas (que son moduladas por sus productores, asesores y publicistas a imagen y semejanza de las tendencias) sino en unos minutos de gloria retransmitidos por televisión. Los concursantes son intentos de construir desde cero estrellas jóvenes y maleables que se dejen guiar por la ingente maquinaria mercantil que hay detrás de ellos, maquinaria a la que le importa bien poco si se produce un disco o se venden manguitos.

No quiero ser devastador, todos tenemos nuestros gustos y rarezas, y las mías aquí se basan en la personalmente insoportable desenfrenada producción de inconsciencia que muestran los televidentes. Si consideramos que los parámetros aceptables (musicalmente hablando) se reducen a ver cómo unos chavales aprenden a bailar y cantar versiones que se han repetido por doquier bajo los dictámenes de la ley más amplia y menos creativa del espectáculo para que luego, partiendo de la nada, se comercialice con ellos, entonces debemos continuar viendo acríticamente el programa. Seguiremos bailándole el agua a la industria tragando marketing como si de realidad honesta y sincera se tratase. OT continuará generándola, manejando a jovencitos confusos como yo hasta que la broma nos deje de hacer gracia. Como Noemí Galera dice a lxs chicxs en lo que considero el mejor resumen de lo que significa Operación Triunfo: “No tenéis ni puta idea de la industria musical”. Y no la tienen, pero nosotros tampoco.

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