Emilio Francisco Amo Urbano 18 noviembre, 2018

En ocasiones lo saco de sus casillas, pero es porque me gusta verlo alborotado y fuera de sí. Sin embargo, cuando termina de increpar, es bueno y noble, continúa como si nada y, por encima de todo, se muestra más generoso y disponible que al principio. Es un alma pura, sencilla, transparente, leal. De los que no hablan por detrás para herirte y aniquilarte como hacen los cobardes; si te tiene que decir una cosa te la dice, aunque suponga un esfuerzo que va contra su propia naturaleza. También es un campeón. Estudia Historia del Arte y no se achica cuando las dificultades de su dislexia aparecen constante y permanentemente. Si donde dice izquierda es derecha no es su problema, sino de nosotros, y por eso su vida es sencilla, asombrosamente repleta, y extraordinariamente auténtica. De lo que no hay.

Él se llama Antonio Priego López y es mi amigo. Casi veinte años nos llevamos, pero tampoco es eso una distancia insuperable porque para ser amigos, no es necesario ni ser así ni ser “asao”, ni tener esto ni tener aquello. Para ser amigos solo hay que quererlo. Y demostrarlo. Demostrarlo no en las buenas ni en las tabernas, sino en las malas y cuando las cosas se ponen tan difíciles que parecen insuperables. Por eso será que su bondad le empuja a un altruismo sin límites: colabora con la asociación de discapacitados, trabaja donde se le invita y se le llama, está presente cuando se le requiere y si preciso fuera, allí donde ni una mano se tiende sino las lenguas ferinas. Antonio parece un ángel. O es un ángel. Me da a mí que, cuando podría hablar para ofender, calla y por eso otorga.

Junto a él he vivido experiencias inolvidables y fantásticas. Nos hemos reído en la playa, cansado en Sevilla o tras Cristos y Vírgenes en salidas extraordinarias que ahora se multiplican como en una Semana Santa sin fin. Hemos pateado castillos, museos y la Cumbre, la altísima colina que mayestáticamente vigila el pueblo que nos vio nacer. Junto a él no solo he disfrutado, también he encontrado el bastón que requiero para caminar cien metros seguidos sin tropiezos en piedras ni barreras humanas o físicas. Antonio es un amigo, un buen amigo. Y un héroe y un campeón. Si aprueba una asignatura, pongo el caso de ejemplo, tiene más mérito que el que aprueba el cuatrimestre completo, porque cada peldaño que supera es un éxito que logra gracias a la lucha contra natura que debe mantener consigo mismo. Eso solo lo hacen los héroes y los buena gente.

Porque Antonio es un buena gente. Un bendito. Un amigo. Mi gratitud y mi orgullo viene ahora con estas torpes letras que necesitaban expresar un sentimiento no muy oculto en mi corazón. Supongo que Córdoba se me hubiese vuelto mucho más oscura sin su compañía.

El artículo de esta semana te lo dedico a ti, Antonio, para que hoy presumas y te sientas satisfecho. Impreso en letras que revolotean por las redes, mi aprecio y estima se escribe al compás del latido de mi corazón. Muchas gracias a Antonio, muchas gracias amigo.

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