Emilio Francisco Amo Urbano 7 octubre, 2018

El lema de mi universidad reza que “la sabiduría mueve todas las cosas”. Mueve el corazón, que es lo más profundo del hombre; el psique, dónde se almacenan y trajinan los pensamientos; el intelecto, que forma al hombre en integridad y rectitud; el pensamiento, convirtiéndolo en sensato y prudente; mueve la vida, la define, la integra, la embellece , la dignifica. El conocimiento es el motor de todas las cosas y, sin el conocimiento, las cosas son nada y la nada es vacío, orfandad y olvido. El conocimiento se entrecruza con la sabiduría como en una simbiosis, educa la vista y el habla, pacifica almas, orna la vida, su existencia. El conocimiento cierra puertas falsas y abre horizontes nuevos; la sabiduría lo forja, lo discierne, lo crece y robustece. El conocimiento y la sabiduría caminan de la mano y, siendo autónomas de por sí, distintas, se complementan y se apoyan. El conocimiento se adquiere, la sabiduría se posee. Es un don. Una gracia. Una dádiva. Adquirir conocimiento cambia; vivir con sabiduría madura, te hace otro.

El conocimiento exige esfuerzo y constancia. La sabiduría solo necesita de la experiencia y la práctica, es inherente en mayor o menor medida. El hombre sabio calla más que habla, escucha más que discursea, permanece placible más que vitupera. El conocimiento, en cambia, humilla más que enaltece. El hombre que adquiere conocimiento se anonada ante los misterios y la ciencia que asimila. Es un paradigma en una sociedad convulsiva donde las palabras falaces hieren y matan al semejante, donde nos dejamos arrastrar por doctrinas complicadas y baratas, donde el individualismo erosiona la colectividad y la razón de nuestra propia naturaleza. Abrir los ojos y contemplar el amanecer es un milagro diario; el sabio disfruta de la vida porque no se arrastra por los engaños, construye más que derriba, respeta más que insulta inmisericordemente. Si la sabiduría de la existencia y de los años se conjuga con el conocimiento, entonces uno es completo, realizado, diferente, pleno. El conocimiento requiere disciplina y la disciplina nos hace libres. El resultado es la paz, la paz interior que se llama la paz del alma. La paz exterior que es la ausencia de toda guerra, de todo daño. La disciplina que forja el conocimiento es la disciplina que hace libres porque educa al hombre en superación y esfuerzo. Es libertad auténtica, alegre, dichosa, sencilla y discreta.

La sabiduría y el conocimiento son también un opción. Y una opción vital, enriquecedora, transformadora. No se compra ni se vende; se adquiere y se aprehende. Se estudia y se trabaja. Se ejercita. No hay sabio necio, pero sí necios que se creen sabios.La sabiduría que mueve todas las cosas es diáfana, pura, humilde. Poseyéndolo todo, no necesita de nada. Vuela alto y no se detiene. La sabiduría merece la pena. El esfuerzo también.

Quien es sabio es feliz, quien la alcanza vive para siempre.

Con constancia, esfuerzo, superación y disciplina. Pero merece la pena. La sabiduría no tiene límites ni fronteras. El libro es el comienzo, el silencio su ejercicio. Búscala y corre tras ella. Será tu arma más poderosa que no hiere ni mata, solo edifica y vivifica. La sabiduría es amante de la paz.

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