Casi que acabamos la Navidad, fiesta del Nacimiento de Jesús, y tocó a nuestras puertas el comienzo del Año Nuevo cargado de propósitos para encontrarse los Reyes Magos quienes, guiados por una estrella, adoraron al Niño “recostado en un pesebre” y le ofrecieron sus presentes: incienso, oro y mirra. Antes unos pastores, símbolo del pueblo sencillo y humilde, de lo más bajo de aquella sociedad, reconocieron tras el anuncio del ángel que en aquella gruta y recostado entre pañales, un Niño les había nacido, Aquel que traería la salvación a Israel, al mundo y también al tuyo. Hemos celebrado, y ¡continuamos celebrando!, el abajamiento de Dios a la humanidad, la adoración de unos simples, la de unos sabios en no pocos días y un nuevo año, libro abierto en páginas blancas que nuestra tinta diaria escribirá con desatino o acierto.

Realmente Dios ha nacido. Jesús ha nacido. No solamente en Belén hace más de dos mil años, sino hoy, hace unos días, en mi corazón y en mi hogar, en mi familia o al menos en los que tengo más cerca. Tal vez, en ese ensimismamiento de lo imposible, porque le hemos esperado con urgencia en medio de mares agitados e inesperados, en medio de la experiencia más terrorífica del abatimiento y la desesperación y, tal vez por eso, el corazón estaba dispuesto no para mesa de ricos manteles, sino para una candorosa cena de tres personas, dos septuagenarias y uno casi de cuarenta, pero débil y enfermo como los progenitores. Jesús nació dando paz, sosiego en medio de la tormenta. Y también espero que lo haya hecho en tu hogar y en tu corazón, sin esperpentas imágenes de fantasías y consumismo.

A la par ha venido un año nuevo que, como dije al principio, es un libro con hojas en blanco dispuesto a que lo escribamos cada día. Por la mañana con propósitos buenos, al anochecer, con correcciones y errores anteriores a superar. Valga sacralizar el comienzo de un año para proponernos ser mejores, alcanzar metas mayores, superar obstáculos antes inalcanzables. Cada hoja del año nuevo se irá escribiendo a la par del latido del corazón si cada día hemos conseguido desterrar un odio menos y un chisme menos. Si no hemos aniquilado a nuestros semejantes con resentimientos viejos e imaginaciones inicuas. Si no juzgamos ni nos juzgamos a nosotros mismos.

He aprendido a valorar que es mejor el silencio que las lisonjeras palabras que mal suenan. He aprendido a valorar la soledad como antídoto contra un ruido pertinaz que nos atropella y aísla. De miradas indiscriminadas y preguntas malsanas que alimentan la insaciable oquedad de un alma cuyo tiempo parece ser vacío e inepto. Y, sobre todo, he aprendido a orar. A mirarme a mí mismo perdido en el candor de esa cumbre carteyana donde me he perdido cada tarde de estas vacaciones, o la pasmorosa soledad del cementerio donde los que reposan nada entienden sino de la realidad más real del final de todo.

Aún no ha acabado el anuncio feliz de que Jesús se hizo hombre como nosotros y tampoco que hemos inaugurado un año para completarlo de propósitos todos ellos alcanzables.

¡Que desaparezcan los chismes, las baratijas de la opresión verbal o física, de las opresiones ocultas o descubiertas, los malsanos y falsos abrazos que cumplen lo que no sienten o las miradas bajas de indiferencia o vergüenza! ¡Que comience un año nuevo, una vida nueva!

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