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Crítica | “Un amor intranquilo”: la buena voluntad se da de bruces con la realidad

La última película del director belga Joachim Lafosse participó en la sección oficial del Festival de Cannes

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Fragmento de la película "Un amor intranquilo". Foto cedida.

Dice Clément Rosset que de la “buena voluntad” que Kant postulaba como parte esencial de nosotros mismos el filósofo alemán solo pudo decir que es buena, absolutamente buena y nada más que buena. Es lo único de lo que podemos estar seguros, más seguros incluso que de que la tierra gira alrededor del sol. Porque esa inclinación buena es (tiene que ser o nos devoraríamos los unos a los otros) algo indubitable, más grande que el propio universo: la realidad de lo real.

A Joachim Lafosse, director de la recientemente estrenada Un amor intranquilo (Les intranquilles, Bélgica, 2021) no hay pensamiento que le resulte más ajeno: “Cuando voy al cine, cuando veo una película y  se me ofrece una visión romántica de la existencia de la vida es algo que me deprime profundamente. Salgo de la sala y digo, pero esto… ¿dónde está?, ¿dónde lo veo? Para mí es un robo, un engaño”. Y es que, cuando uno mira alrededor y ve un golpe de estado en Burkina Faso o, aún mejor, una niña al borde de la muerte por haber engullido el bote de pastillas de su madre, no piensa en comprarse un telescopio para poder ver lo que hace girar las goznes del mundo, simplemente se siente estafado. Si es la buena voluntad la que recubre los confines del universo en una especie de abrazo cósmico, nos gustaría notarlo, sobre todo cuando afrontamos entre lágrimas los ojos del otro, aquel a quien, aun teniéndolo al lado, ni siquiera podemos tender la mano. 

De esto mismo es justo de lo que trata el relato autobiográfico de Lafosse. Damien, un pintor que responde al tópico de genio (la locura, claro está, en este caso bipolar) está casado con Leïla, una restauradora (bastante metafórico, ¿no?) y madre que se ve obligada a hacer las veces de enfermera y casi de niñera ante los antojos incomprensibles de su marido. En medio de la crisis matrimonial, como en todas las películas del belga, está el niño, trasunto de sí y casi representación de cualquiera, ya que si algo nos iguala quizás no sea la buena voluntad, sino más bien la inocencia.

Tráiler de la película Un amor intranquilo

Lafosse retoma un lugar común de su cine: los claroscuros del amor conyugal. Puede sonar a simple repetición, pero lo cierto es que el cineasta se adapta a cada drama. Si en Después de nosotros (L’économie du couple, Bélgica, 2016) buscaba transmitir la presión de compartir el espacio con quien uno no lo desea a través de planos secuencia, encerrándonos durante casi todo el metraje en el interior de la misma casa, la imagen de su última obra se muestra borrosa por muchas de sus partes, haciendo un uso del desenfoque que engarza a la perfección con la confusión de su protagonista, cuya percepción nadie comprende, así como con la mirada también enturbiada de Leïla, a quien la situación supera.

“Los personajes que me conmueven son gente, parejas o grupos, que intentan, se esfuerzan, a pesar de tener una realidad difícil, por vivir una vida conjunta sin esperar nada imposible”. Y esta obsesión de Lafosse es la que sintetiza Damien cuando al final le promete cualquier cosa a Leïla; cualquiera, menos curarse. Acto de honestidad emocionalmente devastador y cinematográficamente poco retratado que desata toda la ternura y compasión que, como un nudo en la garganta, ahoga a los espectadores.

La mayor virtud de la cinta es mostrar cómo odio y amor conviven, cómo operan incluso cuando no hay a quien culpar, como en la enfermedad, algo bastante obvio para cualquiera que mire sus amistades con cierta honestidad. Cuando la música diegética aparece en sus películas, por momentos el drama se suspende y la luz (interior, metafórica, se entiende) entibia los corazones.

 

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Fragmento de la película “Un amor intranquilo”. Foto cedida. Crítica

La familia baila en Después de nosotros, la pareja canta en Un amor intranquilo. “Entre la realidad y los ideales hay una distancia basta”, dice Lafosse al tiempo que se imbuye en la cotidianidad resistiéndose a cualquier trampantojo fílmico, olvidándose así del mundo interior de esos padres que danzan de la mano o tararean entre sonrisas. No hay espacio siquiera para el respiro estético: todo debe ser real, todo debe ser absolutamente contrario a la fantasía de la buena voluntad.

Lo deja claro: “Creo que la violencia suele ser provocada por el romanticismo y por la  negación de la realidad y la cotidianidad”. Su cruzada contra lo meramente decorativo es loable y revela a un realizador realmente comprometido con los sentimientos humanos. Ahora bien, lo que sea el realismo, baziniano o no, es algo que resulta bastante esquivo.

Y si no, ¿por qué Bergman retrata los problemas conyugales de manera tan excéntrica, tan irreal por momentos, tan contraintuitiva?, ¿por qué a ratos productos de oropel como Historia de un matrimonio (Marriage Story, Noah Baumbach, EEUU, 2019) transmiten más que sus películas?, o, volviendo a ellas, ¿a qué se debe que sus momentos más memorables sean los más “Hanekescos”?. Puede que años luz separen realidad e ideal, pero también es cierto que nosotros vivimos en medio y que para odiar, tanto como para amar, necesitamos de mucha imaginación, de mucho ornamento.

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