Pablo Sánchez Lucientes 23 agosto, 2019
La matanza perpetrada en 2011 por el ultraderechista Anders Behring Breivik ya tiene versión cinematográfica autóctona Utoya. 22 de julio

La matanza perpetrada en 2011 por el ultraderechista Anders Behring Breivik ya tiene versión cinematográfica autóctona. Utoya. 22 de julio. La recreación noruega del terrible atentado llevado a cabo en el campamento juvenil del Partido Laborista Noruego ha llegado a nuestro país en pleno verano, coincidiendo el día de mi visionado con el octavo aniversario del tiroteo.

Cuenta el director de la cinta, Erik Poppe, que ha sido criticado por llevar demasiado pronto a la gran pantalla los sucesos acaecidos en la isla noruega de Utoya. Heridas como las que infligen episodios tan negros no se curan en ocho años, eso es cierto. Sin embargo, para superar hay que afrontar, y esperar significa eludir, no confrontar. Si no echamos la vista atrás y cazamos desprevenido al pasado con una mirada fulminante acabaremos, como si del chocolate inglés se tratase, perdiendo la partida. Antes de que una ficción tardía ocupe el lugar de la realidad es preferible coger el toro por los cuernos y, sobre el recuerdo todavía sangrante, alumbrar el punto ciego.

Utoya es una película más certera que destacable, un proyecto que se puede enorgullecer de ser ambicioso pero cuya premisa se agota en su sinopsis. Y esto tiene una ambivalencia clarísima. Ante la obligada comparación con Elephant (Gus Van Sant) la noruega sale perdiendo en cuanto a originalidad, mostrando cómo la existencia de la cinta estadounidense hace tambalear el agarre de la segunda, poniendo de relieve su falta de riesgo. Ahora bien, está lejos de ser un fracaso, ya que cumple con creces su principal objetivo: transportar la sala al epicentro del terror; justo al interior de la opresiva atmósfera de una isla que, a cielo abierto, solo encuentra nubes; una isla que en la quietud del bosque huele a muerte.

De seguro su mayor virtud es la de hacer de sus víctimas, de sus inquietudes, sus miedos, sus ideas y sus sueños, protagonistas de su propio infierno, rehuyendo de manera inteligente cualquier alarde fetichista del asesino. Se oyen disparos, sí, pero el rostro de la masacre permanece etéreo. No se trata de comprender sino de observar la cruda realidad de un episodio que vivimos en tiempo real, echando mano de un recurso que, lejos de afectar al peso emocional del conjunto, hace germinar lentamente las pequeñas semillas que se han ido plantando en cada diálogo e interacción, buscando que el final tenga cierto empaque para que, aunque se descubra tramposo, pueda articular de manera efectiva su inevitable conclusión: las ideas no se matan, las ideas se conquistan.

No se me ocurre una película más relevante para esta época convulsa. En un tiempo en el que un tío hace un viaje de 10 horas para masacrar mexicanos en un centro comercial, no se nos debería estar permitido esperar a la tragedia para actuar. Seguramente no podamos llegar a comprender jamás lo que lleva a estos lobos solitarios a actuar de esta manera tan aberrante. No es de extrañar, por otra parte, que la película nos aconseje no intentarlo. Nos sentimos seguros tras nuestra política de salón, nuestro espectáculo mediático de labia intrascendente y eslóganes vacíos. No obstante, no es de lobos de lo que deberíamos hablar, sino del odio ciego y sistémico que asola nuestros países;  un odio que parece que se acentúa en favor del miedo y la paranoia: un odio que para matar no entiende de fronteras pero que en su superficie no deja de promulgar la importancia de éstas; un odio que, al fin y al cabo, no estamos conquistando. Algo, por cierto, no muy diferente del ISIS, pero ante lo que, por alguna razón, volvemos la cara. Y así, completamente ciegos, dejamos que el pasado nos gane la partida. Cuando toca la pared está a nuestra vera: ahora es presente, y solo nos ha traído consigo sangre, dolor y muerte.

 

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