Pablo Sánchez Lucientes 26 junio, 2019

Arrimado, como buen Erasmus, a la hucha de mis progenitores, he aprovechado mi privilegiado destino (Budapest) para adelantarme y disfrutar en directo de una de las bandas que amenizarán la noche del viernes en el Mad Cool festival de este año: los australianos Wolfmother.

La música está cambiando. No es de extrañar que en la era digital todo lo que antes era físico y tangible se transforme ahora en código. Uno de los disidentes, que prescinde de bases electrónicas y abraza la pureza del rock más ancestral, es Andrew Stockdale, líder (y único miembro original) de la banda Wolfmother. Su empresa (podríamos decir que ilusoria) de marcar el ritmo cool y moderno de un resurgir rockero en el contexto “mainstream” (que a principios de los 2000 capitaneaban bandas como The White Stripes o The Strokes), duró lo que la tirada de su debut. Ahora, quien una vez fuera cabeza visible de ese falso renacimiento, aboga por la vuelta a los orígenes, por la copia traviesa de Black Sabbath y Led Zeppelin; por la pureza de tímpano y el sentimiento sincero de un alma libre de aditivos. Por esta razón, reniega de lo digital y se deja llevar sin oponer resistencia por salas de Europa y Estados Unidos, reviviendo noche tras noche la nostalgia de un genero que se desangra, a través de los temas que le otorgaron la gloria con la que se gana la vida y que hoy, poco a poco, fenece.

Ya había tenido la oportunidad de verlos previamente en dos ocasiones: en el Azkena Rock festival de Vitoria hará cosa de 5 años y en Santiago de Compostela el verano pasado, donde compartían cartel con Rosalía y Rubén Blades. Dicho esto: dos ocasiones, dos formaciones distintas, la primera (la mejor) con el inigualable Ian Peres en modo power trío, y la segunda con una formación a cuatro compuesta por gente a la que, aun siendo fan, desconocía por completo. El pasado 15 de junio, Andrew volvió a sorprenderme (esta vez para mal) en la sala Akvárium, dando comienzo a su gira europea con un descafeinado show.

Bajo un techo de cristal que se erige sobre nuestras cabezas, la luz del ocaso atraviesa las aguas de un pequeño lago situado en el centro de la capital magyar (de ahí el nombre del lugar). Mientras, en el interior del recinto, un señor retaco prueba los instrumentos con una cinta de cocinero japonés anudada alrededor de su cabeza (¿Apropiación cultural?). Pasa entonces que en una sala a medio llenar, más dada a la exitosa electrónica que prima en esta zona del viejo continente que a los estilos musicales más clásicos, y aderezada por unas sobrias luces de neón, Wolfmother vuelve al trío original. Extraño, pues, que sienta el escenario vacío. No obstante, no hace falta mucho discurrir para encontrar una respuesta racional a esta molesta sensación, y es que no hay sobre el escenario ni amplificador de guitarra, ni teclado. Tampoco hay tiempo para reflexionar sobre estas carencias, porque ya salen, con diez minutos de retraso, al escenario.

Victorious arranca potente ante un público frío que refuerza tópicos propios de una zona en la que las audiencias no se pueden jactar de ser la alegría de la huerta. En todo caso, se asienta como un comienzo sólido, al menos hasta que, por fuerza mayor, se ven obligados a comerse los arreglos de White Unicorn, para que Woman, éxito indiscutible de la banda, se estampe a medio gas con unas miradas desconcertadas, más mecánicas que entusiasmadas. Las dos primeras filas son barreras infranqueables y estáticas; un telón de acero parecido al muro de Juego de Tronos, pero que esta vez, con pose de juez inapelable, no separa a la muerte de la humanidad, sino al público de su bufón alquilado, que se ve visiblemente desanimado ante la ausencia de respuesta por parte de una muchedumbre que no alcanza a oír. Sin embargo, cuatro canciones de factura liviana y ejecución cuestionable (incluyendo una empobrecida Colosal) no son nada que no se pueda arreglar con New Moon Rising, segundo corte de su también segundo álbum. Con ella, se desata la histeria entre los asistentes, consiguiendo que la muralla frontal mueva la cabeza de vez en cuando, resquebrajándose por los flancos al ritmo de las espasmódicas palmas que inundan la sala. Gesto satisfecho sobre el escenario y respuesta atronadora de un público que se regocija entre vítores y aplausos. A partir de aquí todo se torna en un desfile de errores y ausencias. Apple Tree desenmascara a un batería incapaz de mantener el tempo y, mientras las canciones se suceden ante un gentío que se pega sin sentido en busca de un disfrute pueril y desvergonzado (con todo lo bueno y lo malo de lo ancho y portentoso del cuerpo húngaro medio), la relación entre artista y público se desvanece y se da, poco a poco, por vencida. Los asistentes hacen lo suyo para que el concierto pueda proseguir, pero sin esforzarse por corear o, al menos, simular algo de entusiasmo por los temas menos conocidos. El conjunto australiano responde con la misma moneda haciendo una versión casi paródica de Vagabond, una canción que, tocada en el subsuelo de una ciudad llena de disidentes durmiendo y bebiendo en las calles, podría tomar un significado especial. El concierto como tal concluyó de manera casi anticlimática con Gypsy Caravan, single predilecto de su más reciente disco (Victorious), el cual, aunque no excesivamente lejano en el tiempo, parece que se lleva presentando una eternidad. Tras un par de minutos de rigor, Andrew (y los otros dos) salen a terminar la faena interpretando, por obligación, Joker and the thief, consiguiendo por momentos que el público pierda la cabeza ante una versión que reconozco castrada por la ausencia de teclas, pero que ellos se empeñan en vender con una sonrisa propia de dirigente político. La gente, por supuesto, se lo traga.

Al final queda un concierto de hora y poco, vago por su falta de imaginación y limitado por una guitarra que estriñe y constriñe, directamente conectada a una simple pedalera que comparte escenario con un setlist al que se le ha tachado toda canción que necesite de manera ineludible el teclado (Love train, Mind’s eye…), pero al que, aparte de eso, no se le ha cambiado ni un ápice de lo que la formación liderada por el frontman con el peinado más reconocible del mundo lleva tocando durante años.

Puede que no se hayan tomado la molestia de transportar todo su material (y gente) a Budapest, pero Wolfmother es una banda potente que puedo certificar como merecedora de nuestra atención en lo que a conciertos se refiere. Incluso en las peores situaciones es capaz de levantar el entusiasmo y convertir una simple congregación de personas en una comunión perfecta entre diversión, alcohol y rock duro. En este caso no fue así. Tal vez porque, para alguien tan chapado a la antigua como Andrew Stockdale, tan unido a lo analógico y lo palpable, las teclas y los amplificadores son imprescindibles e irremplazables; dejarlos atrás es un suicidio artístico que puede joder la fiesta. Con la formación al completo (y siendo que su frontman adora los espacios abiertos y colapsados de los festivales) Wolfmother otorgará el viernes 12 de julio (recuerden: recinto Valdebebas-IFEMA) un recital que extenuará tus músculos y reventará tus expectativas. Mucho más, desde luego, de lo que Vetusta Morla (que toca en el escenario principal a la misma hora) puede ofrecerte. Avisad@ quedas.

 

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