Pablo Sánchez Lucientes 31 enero, 2019

La manida crítica acerca de cómo la “corrección política” está destrozando nuestras sagas y personajes más preciados se lleva sucediendo desde hace ya algunos años poniendo el acento especialmente en Star Wars, cuyo último jedi recibió un buen varapalo por parte de su más acérrimo público. Me cansé entonces de procrastinar ante vídeos de gente que proclamaba cómo la introducción de asiáticos, hispanos y el aumento de presencia femenina estaban sacrificando la esencia de uno de sus universos cinematográficos más queridos, reclamando la “coherencia” que (al parecer) merece una saga protagonizada por una organización eclesiástica de yakuzas intergalácticos.

Le pese a quien le pese Star Wars es ahora igual de (in)coherente que siempre y más Star Wars que nunca; se muestra como una parodia de sí misma a la que incluso debemos agradecer (muy a mi pesar) que se continúe erigiendo como un entretenimiento genuinamente sólido. De aquí podemos extraer la conclusión de que lo que destroza una saga o universo no es la inclusión de minorías, sino guionistas con ideas de bombero y la ausencia de libertad artística que las chupópteras productoras se empeñan en promulgar mientras observan cómo el poco talento que les queda huye despavorido dirección Netflix.

Spider-Man: Un nuevo universo es la prueba viviente y todavía caliente del error que muchos han cometido al abrazar un falso puritanismo que tan solo limita las formas y atrofia las ideas. El film no solo hace congeniar en su seno todas las locuras que permite el universo de nuestro vecino y amigo, sino que, además, atacado por un “horror vacui” crónico, introduce a una velocidad vertiginosa gran cantidad de personajes y situaciones que maneja con sorprendente facilidad y acurado sentido del humor. Porque, todo sea dicho, hablamos de una comedia, una sorprendentemente graciosa.

En la era de la inmediatez liderada por los memes y el humor referencial esta nueva versión del superhéroe arácnido se muestra (al hacernos reír) notablemente más respetuosa con nuestro juicio crítico que muchos otros productos animados, sirviéndose de su forma para dar fuerza al contenido y convirtiendo la repetición no en una automática carta de presentación sino en un refuerzo que construye chistes y profundiza en personalidades. Esto la aleja para nuestro disfrute de gran cantidad de producciones que Disney se ha empeñado en empachar plano a plano de un alarde de poder que, en lo personal, me causa terror. Afortunadamente este nuevo universo se desenvuelve de manera desenfadada e intrascendente, convirtiendo la plural técnica de dibujo y la subversión de alguno de sus personajes en un positivo mensaje. Los más pequeños perderán la cabeza por ponerse la máscara en su día a día.

Con Miles Morales y compañía no solo se abren nuevas y múltiples posibilidades para el personaje, sino que se apunta hacia una nueva forma de hacer películas de superhéroes, una que acepta la fantasiosa locura que representan y afronta la situación actual para subir el listón con respeto y cariño por el producto. Spider-Man jamás estuvo tan visualmente cerca de los cómics como en esta vibrante aventura de olvidable historia y estimulante desarrollo que danza sin aparente esfuerzo a ritmo de Post Malone y mira de reojo a otros que, en su mediocridad, se deben conformar con Pitbull (o aun peor, con Eminem).

Un triunfo a todos los niveles que, además de contar con un villancico original, promete convertirse en la más digna adaptación cinematográfica del hombre araña desde Raimi y en la futura pesadilla de Wes Anderson en los Oscar.

 

 

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