Emilio Francisco Amo Urbano 9 septiembre, 2018

Se asegura que el precio de la luz seguirá subiendo y que el precio de los carburantes durante el mes de agosto ha alcanzado el máximo del verano. El Gobierno dice estar atento a las clases vulnerables pero la luz, tal y como se nos presenta la escena, será artículo de lujo que solo unos pocos podrán pagar. Las causas son muy diversas y lógicas: ascenso de los derechos del CO2 y de los combustibles fósiles, carbón y gas entre otras. Que si el viento, que si el agua, que si sepa Dios lo que se trajinan las grandes empresas que parecen ser las dueñas de lo que nos da la madre tierra y, sobre todo, subrayada y resumidamente, porque nos hemos cargado el planeta. Porque, aunque ha llovido, apenas hay suficiente agua. Se han explotado y “requetexplotado” los recursos naturales de los cuales algunos se han lucrado indiscriminadamente.

La ministra de Transición Ecológica, Teresa Rivera, mitiga al menos afirmando que «no es cierto que estamos viviendo máximos históricos” como los que se registraron en enero de 2002 cuando el MWh costaba 103, 75 y aquí nadie hablaba de crisis económica, ni siquiera la adivinábamos y el boom inmobiliario gozaba de todo su esplendor boyante. Pero hoy hay más pobres que en el 2002. Mucho más pobres nuevos que arrastran tras de sí nuevas familias pobres apretadas por el cinturón de unos cuantos euros que tienen que dar de comer, estudios, medicamentos, agua y… luz. La dichosa luz. La luz que sube, que seguirá subiendo, hasta que en algún momento pare por decencia humana o por caridad. Pero caridad hay tan poca….

En última instancia, pero siendo un eslabón primario, nosotros somos responsables de que ni la tierra marche bien, ni dé sus frutos a su tiempo, ni lo natural que se debiera sea tan natural como lo es. Empecemos por reconocer que somos nosotros los que desde siempre hemos abusado del agua, de la luz, de los recursos naturales. Los que hemos diseminado, tal vez, plaguicidas homicidas, los que han intoxicado con tóxicos las plantas y por consiguiente a los animales y a todo lo que se mueve a su alrededor.

Reconozcamos que todavía nos cuesta una poco, ¡todavía!, ser lo suficientemente “escrupulosos” para mimar lo que la naturaleza entrega desinteresadamente. Reconozcamos también, que, en la medida que nos afecte, nos hemos pasado. Nos hemos pasado, pero mucho más, muchísimo más, las naciones, las multinacionales, los poderosos… De alguna forma, ellos son los que nos han acostumbrado. Los que nos han hechizado para depender de ellos totalmente… A estas alturas ya da igual quién sea el culpable. La luz sigue subiendo, que no ha llegado a sus máximos, pero que aquí nadie garantiza si no nos vemos de nuevas en el 2002 pagando a precio de quilate la factura pero con mucho menos dinero.

A los pobres son a los que va a perjudicar el ascenso de la luz. A los pobres son a los que se les va a volver a privar encender un brasero o una bombilla de las de antes porque las de bajo consumo son más caras que un mendrugo de pan y un litro de leche.

No dudo que se buscarán soluciones justas para los más débiles. No dudo que los buenos propósitos lleguen a materializarse e incluso el evidente engorde se disminuya y todo quede en un mal y fugaz recuerdo. Pero nos llega el tiempo de encender lo que se pueda y cuando se pueda, lo estrictamente necesario que, como siempre, para los pobres será nunca. ¡Qué descienda, qué descienda el precio de la luz!

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