Emilio Francisco Amo Urbano 23 septiembre, 2018

A fin de aminorar el impacto ecológico del plástico y su mal desuso, se ha añadido un simbólico sobrecargo a las bolsas de plástico que no solo disminuya su uso y mal uso sino su sustitución por materiales biodegradables que no perjudiquen al ecosistema. Habida cuenta de que en España, por ejemplo, se consumen más de 13 millones de pajitas y de que, según el último informe de la patronal de las empresas del sector del plástico, solo el 37% de los envases de plásticos se reciclaron en 2017 (*Eleconomista.es). El plástico, por tanto, se ha convertido en uno de los enemigos potenciales de la naturaleza al alcance de la mano del hombre, y la redundancia del daño que provoca, revierte sobre sí mismo y sus estructuras. Porque, cuando destruimos el campo, la vegetación y los animales, nos destruimos también a nosotros mismos y al orden natural de la cosas: temperatura, recursos…

Juntamente con el plástico, el papel es uno de los materiales de por sí necesarios pero también mal usados, sobre explotados, aumentando su uso un 5,6 % en el 2017. Sobradamente es conocida la procedencia del papel y, por ello, conocida es la repercusión en el planeta. La tala de los árboles, los gravísimos incendios que acontecen en el planeta, unas veces de forma fortuita, la mayoría con la mano del hombre detrás, amenazan, conjunta y aisladamente, a la madre tierra sometida al capricho del hombre, generalmente de instinto destructor.

Se vienen a regular el uso del plástico y se posterga el papel que, aun reciclado, es desperdiciado en las tantísima publicidad comercial que, ora en el coche ora en las calles, inundan nuestros pueblos y ciudades convirtiéndolos en vertederos de basura. ¡Cuánta cantidad de papel es literalmente tirado en ofertas y gangas de un momento y cuánta cantidad de papel es abandonado por las calles donde son arrojados indiscriminadamente cientos de panfletos publicitarios!

De una forma u otra destruimos el planeta. Lo ensuciamos, lo contaminamos, lo descuidamos. Lejos quedan aquellas imágenes de mi retina en las que, en el inmenso mar de olivos que circunda el pueblo donde nací, las amapolas y las flores vestían de color los campos y los arroyos, rebosantes de agua y melodías.

Pero si el hombre es capaz de destruirse a sí mismo y a su prójimo ¡cómo no será capaz de destruir la naturaleza a base de incoherencias y falsos ecologismos!

 

 

 

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