Emilio Francisco Amo Urbano 2 septiembre, 2018

Del tema Vuelves de Sweet California y CD9 me conmueve, entre otras, el “maldito septiembre” que parafrasean melodiosamente para despedirse del verano tras un emocionante encuentro amoroso que le convierte irrepetible. Cada verano, en efecto, se repiten las mismas escenas con un frescor nuevo: se reencuentran la familia, los amigos y el pueblo. En verano vuelven las cosas a su cauce natural como si el tiempo no hubiese pasado; en verano volvemos a ser niños que juguetean por las calles y se entretienen tumbados en el suelo junto a una piscina para contemplar las Perseidas de una noche de San Lorenzo. En verano, las neveras con bocadillos y refrescos se encaminan a la playa del Rincón de la Victoria en Málaga y juguetean los amigos con las olas del mar y con las medusas que acechan amenazantes.

En verano, el invierno y la espera se esfuman; la ausencia y el recuerdo se evaden; la nostalgia y las lágrimas que lloraron sonríen. Los padres se encuentran con el hijo y, el que escribe, consigo mismo y con los que son suyos. En verano, aunque corto e insuficiente, el corazón retoza en una juvenil esperanza y, curiosamente, desaparecen los meses en los que la espera era eterna y asfixiante. La soledad y el abandono, mortales. Y en verano, la dificultad de caminar para ir a ver a la Virgen del Carmen con el agua salada del mar en tus pies, se convierte en una briosa fuerza pasajera que revierte los casi 40 años a los que me aproximo, en los veinteañeros que me acompañan, siempre.

Pero vuelve septiembre y se preparan las maletas. El año comienza su curso; las calles su algarabía y el tiempo su silencio. Aparecen entonces los kilómetros, la distancia, la lejanía, el bullicio, los compañeros, las clases y los estudios. La cadencia plagal de la vida, por no ser definitiva, marca su ritmo y la entonación de sus quehaceres. Y, disimuladamente, nos vamos acostumbrando a la ausencia del amigo, a sobrevivir sin encontrarle, a saberle cercano pero ausente. Vuelve la soledad para quien no tiene más apoyo que dos bastones, la irrefutable certeza de que el tiempo pasa y yo cada vez me voy haciendo más viejo y más inútil. De que la vida se escapa y no tengo yo piernas para correr tras ella. No sin bastón o dos muletas, en esta ocasión metafóricamente hablando.

Creo que no he alcanzado la madurez de un hombre porque me aferro a la juventud incipiente de estos dos ángeles que me acompañan. Y no entiendo mi presente manteniéndolos separados ni haciéndome a la idea de que uno de mis ángeles volará tan alto que llegará el día en el que ni mis ojos y mis piernas podrán acompañarlo. Me quedará solo esperar y llorar. Como ahora.

“Maldito septiembre”, cantan. “Bienaventura” la fuerza, tesón y la ilusión que te acompañan.

Estaré aquí esperando, asomándome al alfeizar de las alturas de la Cumbre para desde allí vociferarte hasta que lleguen a Madrid mis palabras: te echo de menos y te necesito.

Maldito septiembre, qué buen sabor dejas.

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