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Nueva Carteya, un paseo pueril al atardecer

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vía Ayto. Nueva Carteya

Poco más de las cuatro de la tarde me acostumbré a subir por la antigua carretera de Nueva Carteya a Cabra, la que pasa por la “Cumbre”, y a medio sol y media sombra otear el horizonte que, apenas elevado desde mi punto, me ofrecía la fortaleza de mis piernas que, por lo general, viene a ser más bien poco. Caminar hacia el “Punto Cabra”, como en Nueva Carteya conocen a una de la salidas que se dirigen a la mencionada localidad, para luego atajar por los caminos que se abren entre los olivos y desembocar en la carretera antigua, se convirtió en un ritual casi inevitable, recomendable diría yo, porque a no ser por los tractores que acaban su jornada, el silencio traslada a la quietud y al sosiego. Ya he escrito muchas veces que me gusta ese paraje: desde la cima se divisa Ucubi, la hoy Espejo, y otras muchas poblaciones lejanas, a norte y sur, este y oeste. Sobre todo, se divisa Nueva Carteya diminuta, casi recogida en una mano, toda ella inconsciente de ser observada, llorada, lamentada y amada, por encima de todo, amada.

Los libros de historia hablan de yacimientos por el lugar y por otros muchos. Y no me es de extrañar: desde sus horizontes el mundo parece un pañuelo de papel, diminuto, pacífico y enamorado. El silencio a bocanadas con el aire puro con el aroma de la aceituna recién cogida es un oasis y, cada tarde, a eso de las cuatro de la tarde, a medio sol y media sombra, carretera arriba hasta lo que me permitían las piernas y la debilidad, imaginaba en paz que el mundo era otro mundo y que mi mundo era otro mundo, mucho más humano, más de corazón y de verdad, auténtico y sencillo sin miradas canallas o asesinas. Regresar es regresar a la realidad y dejar tras de ti un sueño antiguo porque los sueños sueños son escribía Calderón de la Barca. Vuelves al bullicio tranquilo de un pueblo que se reincorpora al descanso tras el intenso trabajo; los bares huelen a café y en sus puertas a tabaco fumado mientras que la aceituna, omnipresente aceituna, impregna el ambiente.

Las piernas, los brazos, la espalda, los ojos, el cuerpo en sí y en su totalidad, vuelve a su rutina y, si poco antes te permitió un fugaz descanso, reaparece una debilidad poderosa que te lleva a la cama, al sillón para no moverte, a la dificultad de caminar dos pasos sin tambalear a no ser que te preveas con una muleta que te sostenga. Pero entonces vienen las miradas indiscretas y nadie comprende ni entiende que lo tuyo no es lo suyo, que no existe en el léxico sencillo de un diccionario sencillo porque de por sí es difícil definir lo difícil e inexplicable. No te queda otra que terminar tu sueño, tu pueril imagen en las alturas, más bien bajas alturas, de un monte gigantesco y opulento. Guardas la imagen e intentas callar, disimular, pasar desapercibido, lamentar en soledad y sentarte, acostarte o sentarse, pero siempre esos dos verbos, sentarse o acostarse. Será cuestión de horas, con suerte, que sigas siendo el mismo si eres capaz de enfrentarte el universo en contra.

Porque los paseos al atardecer tienen su encanto y su magia. Lo suyo es que goces de salud o, por desgracia, de lo común de los mortales que en la mayoría, pienso, algunos, pasa por los huesos y las rodillas. Yo he preferido esconderme y encontrar la paz entre cuatro paredes, mi libre elección, mientras aprovecho y seguiré aprovechando las cuatro, tres, dos o un momento que me permite el cuerpo caminar la carretera antigua de la cumbre. Es mi particular manera de sentirme libre y en paz.

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