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«El acontecimiento»: los 400 marcos

La adaptación de la novela de Annie Ernaux, ganadora del León de Oro en Venecia, ya está en los cines españoles

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Fragmento de 'El acontecimiento. Foto de Caramel Films

Elipsis

nombre, femenino

Técnica narrativa y cinematográfica que consiste en la supresión de algún acontecimiento dentro de la linealidad temporal del relato o la historia.

Desde Hegel tendemos a considerar el acontecimiento como una unidad de sentido construida en este torrente temporal que es el devenir. Algo que suena muy filosófico, casi científico, pero que no es sino la expresión académica de algo mucho más simple: acontecimiento es lo que nos dé la gana. Está por un lado lo que ocurre y por otro lo que hacemos como que no ha ocurrido, lo que desechamos. Acontecimiento es tu primera comunión, el día de tu graduación, pero no tu primera paja o aquel día en el que te hicieron bullying en el cole. Acontecimiento es Rafa Nadal ganando su Grand Slam número 21, pero no Margaret Court con 24 en su haber. Acontecimiento es la guerra en Ucrania pero no la crisis humanitaria en Yemen. Y así con todo.

El acontecimiento que hoy nos ocupa y al que hace referencia el título de la novela de Annie Ernaux que lo registra (por casi cuarenta años escondido) lo comparte como cicatriz abierta la directora de su adaptación cinematográfica, Audrey Diwan. Dos abortos distintos y distantes en el tiempo que confluyen en la expresión de algo que acostumbra a caer del lado de la elipsis, del tiempo olvidado. 

La película de Diwan (ganadora del León de oro en Venecia) busca ser fiel a la experiencia personal de su protagonista evitando despegarse de ella. Conforme se revuelve ante su situación ella recolecta negativas y puertas cerradas, camina en un mundo carente de manos tendidas y atestado de inconsciencia masculina y sororidad quebrada. Colecciona rechazos institucionales y personales, profesionales y fraternales, nunca más libros de Camus o Victor Hugo, que se desprenden de su estantería para transformarse poco a poco en inyecciones y agujas. 

De los 400 golpes de Truffaut a los cuatrocientos marcos que necesita para el aborto (los que reducen sus historias a 4:3, los que duelen como puñetazos en la boca del estómago), la historia de Anne (interpretada con dolorosa entrega física por Anamaria Vartolomei) supone un cambio en la dirección de nuestra mirada como espectadores. Y es que el relato de una profesora de literatura prematuramente frustrada, esta batalla suya por prematuramente deshacerse de la proto-criatura que todo su entorno parece obligarle a cargar en la Francia de los años 60, y la necesidad (también prematura) de concebir, quizá no un ser de carne y hueso, sino de tinta y papel (aunque con el latido casi sísmico de lo autobiográfico) apunta a una especie de cambio… ¿“generocional”?

El acontecimiento (L’événement, Francia, 2021) ha sido cuestionada en determinados círculos de élite crítica por lo explícito de sus imágenes que, a su juicio, demandan un pudor especial; una especie de respeto secular por una situación que, dicho sea de paso, ninguno de nosotros conocemos. La impotencia por no comprender las expectativas sociales que se ciernen sobre la maternidad, la culpabilidad hetérea y esquiva de algo que los varones vislumbramos a través de una ventana traslucida, ha echado mano del juicio formal para justificar su aprensión a lo desconocido (comodín masculino por antonomasia desde que el que cine es cine, asunto sobre el que ya escribió Laura Mulvey y que, parece, sigue estando presente).

En el filme de Diwan, la cámara acompaña a su protagonista mostrando la perspicacia femenina de películas como La hija de un ladrón (Belén Funes, España, 2019) o Las Niñas (Pilar Palomero, España, 2020) y la tensión masculina de los impotentes largometrajes a contrarreloj de los hermanos Safdie. Dicho esto, es cuando menos irónico que se acuda a lo formal para atacar una película tan comprometida estéticamente con lo que quiere contar. 

Tráiler «El acontecimiento», último León de Oro en Venecia

A través de una audaz planificación repleta de travellings de seguimiento y montaje interno, el mundo de Anne se diluye en un desenfoque gradual que la aísla del exterior y la acerca a su cuerpo, cambiante. Difícil de entender el criterio con el que se juzga inmoral la crudeza justificada (ni que tuviese que pasar un examen) que el punto de vista de Anne, jamás abandonado por Diwan, abraza. Pero no, en ese momento, se dice, se teoriza, se repite como dogma, que algo faltaba: la elipsis, el respeto. De repente lo más lógico es romper abruptamente el discurso que hasta ese momento ha llevado el relato para abandonarla a su suerte: acompañarla a la puerta y esperarla a la salida.

¿Dónde estaba el pudor elíptico cuando Aronofsky le partía el cuello a un bebé para, seguidamente, moler a palos a su madre (Jennifer Lawrence)? Entonces a los que la defienden a ultranza con códigos moralistas no les preocupó hacer elipsis con la elipsis, aceptando de buen grado esa violencia explícita para, a día de hoy, 2022, no poder soportar un sonido que a diario escuchan cuando evacúan en el retrete. Tal vez Madre! (Mother!, Darren Aronofsky, EEUU, 2017), por alegoría bíblica, por episodio de best-seller, era acontecimiento, entraba en el tiempo. Tal vez la historia personal del aborto ilegal de una universitaria cualquiera es suprimible. 

Didi Huberman escribió un libro titulado Imágenes pese a todo con la intención de restituir la naturaleza redentiva de las imágenes, aquellas que son incómodas, terribles, inimaginables. Algo parecido hacía Alan Resnais en 1956 con Noche y niebla (Nuit et Brouillard, Francia), su representación del Holocausto. Este año los máximos galardones de los tres grandes festivales de Europa (Cannes, Venecia y Berlin) han caído en manos de mujeres, y quizá sea a ellas a las que les corresponda decidir cuales son las imágenes que deben mostrarse. En nuestra mano está analizarlas; pensar si queremos ser justos con ellas o castrarlas; decidir si la elipsis es una opción o un deber, una herramienta o un cilicio.

No es casualidad que la misma actriz (Luàna Bajrami) que abortaba en Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu, Céline Sciamma, Francia, 2019)  sea la amiga más empática con Anne en la cinta de Diwan. Tampoco lo es que Sciamma obligase a las protagonistas de su película a mirar; que la artista se resistiese a las demandas de retratar semejante episodio, clandestino, olvidado, elíptico. La mirada de Diwan, como la escritura de Ernaux, transita el mismo camino incierto. Busca hacer un esfuerzo por restituir la dignidad que, pese a todo, poseen ciertas imágenes.

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