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¿Quién fue Isabel Zendal? Otra heroína en el olvido

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Estos días, con la apertura de la autocita para la vacunación contra el coronavirus de los jóvenes madrileños de entre 16 y 25 años, el Hospital Isabel Zendal de la Comunidad de Madrid ha ganado un protagonismo indiscutible. El hospital, localizado en el barrio de Valdebebas, se inauguró con motivo de la crítica situación provocada por la pandemia del coronavirus, con el objetivo de descongestionar el resto de los hospitales y centros de salud de la Comunidad, así como de proporcionar espacios para instalar distintos módulos en caso de emergencias como es la del coronavirus.

El nombre completo del centro es Hospital Enfermera Isabel Zendal pero, ¿quién fue esta enfermera? ¿Qué hizo para dar nombre al recién inaugurado hospital madrileño?

Isabel Zendal, los orígenes

Pues resulta que Isabel Zendal fue, ni más ni menos, la primera enfermera en misión internacional, tal y como la reconoce la OMS.

Isabel nació en 1773 en la parroquia de Santa Mariña de Parada (provincia de A Coruña), en el seno de una familia muy pobre. Es más, a la muerte de sus padres, no heredó nada, pues nada había que heredar. Esta circunstancia llevó a Isabel a tratar de buscar sustento en la capital, y así es como comenzó a trabajar en la Casa de Expósitos del Hospital de la Caridad (A Coruña), en 1800. Según cuenta el periodista Antonio López Mariño en Isabel Zendal Gómez, en los archivos de Galicia, ella era la única encargada de los huérfanos, percibiendo por ello un salario muy inferior al del cura o la lavandera, por ejemplo.

La viruela, “el ángel de la muerte”

La viruela es hasta ahora la enfermedad más mortífera de la historia. Los primeros casos datan del siglo V a.C., y la OMS no dio por erradicada la enfermedad hasta 1980. Con razón de su mortalidad del 30%, la enfermedad fue apodada como el “ángel de la muerte”.

La situación con respecto a la viruela comenzó a cambiar con la figura del británico Edward Jenner, «el padre de la inmunología». Jenner descubrió que las lecheras que ordeñaban vacas eran inmunes al virus, pues el contacto con el pus de las ampollas de estos animales, portadores de la variante bovina de la viruela, las protegía. Así, Jenner probó a inocular en un niño el pus de una lechera infectada. Sorprendentemente, el niño no sufrió más que una fiebre. Después, Jenner empleó la técnica de la variolización, que consistía en hacer un corte al niño para introducir en el polvo de las costras de la viruela y después cerrar el corte, consiguiendo así la inmunidad en el pequeño. Este es el origen de la vacuna contra la viruela, descubierta en 1796.

Sin embargo, el descubrimiento de Jenner habría caído en saco roto de no ser por Francisco Javier Balmis. Balmis, militar e investigador de enfermedades venéreas en La Habana y México que llegó a ser el médico de Carlos IV, se interesó por ela investigación de Jenner, mostrándose partidario de su descubrimiento.

Con la vacuna ya descubierta, Balmis organizó, junto con José Salvany y Lleopart, una expedición para inocular a la población del Imperio. Para ello, y con el objetivo de evitar transportar ganado en la expedición por las dificultades que entrañaba el desplazamiento de las reses, Balmis y Salvany se sirvieron de 22 niños huérfanos, procedentes de la Casa de Desamparados de Madrid, el Hospital de la Caridad de La Coruña y Santiago. Entre los pequeños, se encontraba también el hijo de la propia Zendal, Benito Vélez. Uno de los niños falleció antes de partir, por lo que emprendieron el viaje 21 de los huérfanos.

La primera enfermera en misión internacional

Para el cuidado de estos niños, los jefes de la expedición consideraron que se necesitaba de una figura materna. Algunos dicen que Isabel Zendal se unió a la campaña porque su madre falleció precisamente a causa de la viruela. Sin embargo, López Mariño apunta que no hay pruebas de ello, y que probablemente se sumara a la expedición acostumbrada aprovechar las ocasiones que se le presentaban para subsistir; el periodista defiende que este dato de la muerte de la madre es más bien de carácter novelesco y legendario. Lo que sí es cierto pese a que podría parecer novelesco por las circunstancias de la época, es que Isabel Zendal cobrara en la expedición un sueldo similar al que cobraría un hombre de su categoría.

El caso es que el 30 de noviembre de 1803 zarpó el navío María de Pita, comenzando así la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna contra la Viruela. Resulta también muy romántica la idea de que el entonces rey Carlos IV apoyara la expedición tras haber perdido una hija a causa de la enfermedad, pero de nuevo López Mariño hace un apunte. El periodista argumenta que tal vez lo motivos del apoyo real a la expedición fueran más bien materiales, teniendo en cuenta que una enfermedad que diezmaba a la población provocaba un deterioro considerable de las arcas públicas.

La expedición fue un éxito, lo que no quita que entrañase dificultades. Tras pasar por numerosas regiones, como Canarias y México entre otras, Isabel partió hacia Filipinas en 1805 junto con 26 niños mexicanos. A diferencia de la primera expedición, y a excepción de un par de huérfanos, los niños que embarcaron en la ruta Acapulco-Manila eran hijos de familias estructuradas. Es por este motivo por el que se contó de nuevo con Isabel Zendal, tal y como afirma López Mariño, pues los padres de los nuevos niños querían dejar a sus hijos a buen recaudo, y recelaban de que los niños estuvieran bajo el cuidado de enfermeros varones exclusivamente. En esta ocasión, sí falleció más de un niño, tanto  en el viaje de ida como de regreso a México.

Monumento a Isabel Zendal en A Coruña. Fuente: Wikipedia

La pesada sombra del olvido

Del final de la vida de Isabel se conoce más bien poco. Tras los últimos viajes, se asentó en México, donde trabajó en un hospicio de Puebla de los Ángeles. Lo último que se sabe de ella es que en 1811, seguía solicitando una pensión de tres reales para su hijo por participar en la expedición como uno de los 22 niños que portaban la vacuna.

Poca gente hoy sabe quién fue Isabel Zendal, aunque con motivo del recién inaugurado hospital de la Comunidad de Madrid parece que se la ha sacado de los libros de historia, si es que su figura se reconoce en alguno. El propio Balmis tampoco contribuyó precisamente a su recuerdo, pues en sus escritos se refirió a Isabel Zendal con distintos apellidos.

De todas formas, y pese a ser la peor parada con respecto al resto de personajes de este episodio histórico, Isabel Zendal no fue la única enterrada en el olvido.

Algo similar le sucedió al compañero de expedición de Balmis, Salvany, que murió en 1810 tras haberse quedado ciego del ojo izquierdo mientras cumplía con su misión en Bolivia, en una subexpedición de la cual casi ninguno de sus miembros regresaría a España.

Mientras tanto, Balmis sí regresó a la Península, grabándose así sobre su nombre todo el mérito de la expedición. Sin embargo, en favor de este último debe decirse que su empeño por llevar a cabo la expedición y hacer entender la importancia de esta, no conoció límites. Según López Mariño, “tuvo broncas con gobernadores, virreyes, capitanes de barco y con casi todo el personal. Reclamaba lo que creía que era justo para la misión y le fastidiaba que no entendiesen la grandeza de la empresa que tenía entre manos”. Fue tal su empeño que, ante la negativa de las autoridades cubanas de prestar portadores para la vacuna, decidió comprar de su propio bolsillo esclavos en La Habana, aunque luego reclamó los costes de este imprevisto a la Corona.

Como siempre sucede, la expedición encontró la oposición de muchos, entre ellos mandos y altos clérigos americanos, que consideraban que la campaña no constituía un método eficaz contra la viruela. Igualmente, la expedición también se topó con muchos otros dispuestos a colaborar, ayudando a la vacunación de miles de personas en cada uno de los destinos que alcanzaron en su viaje.

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