Emilio Francisco Amo Urbano 4 noviembre, 2018

Me ha venido pareciendo especialmente triste noviembre desde que era niño: los cementerios inauguraban el mes blanqueados y floridos; pero lo vivos lloraban por los muertos y, el anochecer ahora ya tan próximo, impregnaba de un ambiente lúgubre que es difícil pase desapercibido. Siempre me he preguntado del por qué, donde están los que duermen o soportan el peso de la tierra, la vida renace vigorosa representada en esos ramos de flores, en la cal blanquísima de los enterramientos, en la esporádica y sorprendente multitud que visitan a lo que queda de los suyos, sin que entre unos y otros, entre los vivos y los muertos, parezca haber separación u olvido. Al menos una vez al año, a principios de noviembre, algunos visitan los camposantos y miran a la muerte a la cara experimentada en sus familiares y amigos, experimentada y sufrida en los que aman. Vida y muerte riman en cadencias asonantes pero también en versos libres, como el vuelo de los pajarillos, de las alondras y los ruiseñores.

He aprendido a convivir con semejante antónimo: vida y muerte. Sobre todo, he aprendido a aceptar y amar mi vida desde mi propia debilidad. En noviembre se me reaviva, como les pasa a los cementerios, el deseo de vivir intensamente aun de una enfermedad que hace de mi realidad una dura y difícil. He aprendido no solo a vivir sin ataduras, libre; sino a sobrevivir en medio de un mundo que nos contagia sutilmente, que nos arrastra por corrientes infundas, en ambientes difíciles donde la burla es la inyección letal e inhumana que hiere a los indefensos y robustece a los cobardes que se creen fuertes. Y así, junto con todo ello, aprendí que el amor sobrepasa todas las cosas. Que si el amor es altruista y auténtico, despegado del interés y la concupiscencia, nunca acaba, nunca se termina. Experimenté que al amor no pasa nunca y que solo hace falta amar, amarme primero a mí mismo, para obtener la certeza de que la muerte no tiene la última palabra y de que yo, que tan poca cosa soy, prefiero a la vida que a la muerte.

Prefiero cada mañana otear el horizonte del inmenso mar de olivos que rodea a mi pueblo, Nueva Carteya, con la mirada inocente y sorprendida de un niño. Podría sentarme resignado, incluso llorar y lamentarme. Pero prefiero vivir. Prefiero superarme, prefiero confiar, prefiero esperar, prefiero creer, prefiero amar, prefiero esforzarme. De ahí que, alegrarme o fanfarronear con estúpidas mamarrachadas sobre la muerte, no sea lo que a mí precisamente me agrade ni que recomiende.

Yo soy creyente. Ya lo saben y yo no me oculto. Dios me da la seguridad de que cuando me caigo me puedo levantar, que cuando me equivoco puedo rectificar, que cuando vivo esclavo como lo he vivido durante tantos años, puede escapar tan libre como el niño que yo era ya hace muchos años. Entonces sé que la muerte no es una mofa. Ni que tampoco es el final sino el principio. ¡Y soy feliz!

Por eso yo tampoco celebro Halloween, lo dije la vez anterior. Prefiero la de los Santos, la de los héroes que siguieron humilde y fielmente a su Señor. Sinceramente, yo prefiero cantarle a la vida. Porque cuando tocas las puertas de la muerte como yo tantas veces la he tocado, si eres valiente y decidido, te queda remontar el vuelo y aferrarte a la vida y luchar. Luchar mucho y vivir, vivir y gozar en la verdad y con verdad.

Tal vez usted no haya tenido la desgracia de verse atado a la muerte, a la destrucción y a la nada. Pero yo sí. Tal vez usted no haya experimentado que mucho más allá de tus debilidades hay un Dios que te levanta y se recrea en tí y entonces vives solo como en una isla desierta. Pero a mí sí se me ha concedido la gracia de tener que luchar cada mañana que me levanto y cada minuto en el que el esfuerzo me anima a abandonar el barco. Prefiero luchar. Prefiero vivir. Prefiero rezar por los míos. Prefiero esperar a encontrarme junto a ellos en la eternidad. Prefiero tener fe. Prefiero, prefiero…que la muerte no se vista de aires equívocos de vida. La muerte no es sino la puerta que abre al infinito, al Dios que ahora se adorna en ti, tú que tanto has luchado y sufrido. Prefiero vivir.

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