Ignacio García Aguilar 29 octubre, 2019
vinilo

Sony retomó el año pasado la fabricación de elepés, coincidiendo con el 70 aniversario de la creación del mismo. El gigante asiático de la tecnología abandonó este formato en 1989 tras culminar junto a Philips el desarrollo de un nuevo dispositivo de reproducción de música, el CD, que sería el dominante dos décadas en adelante. 

Ahora, a pocos meses de finalizar el segundo decenio del siglo XXI, los discos compactos están heridos de muerte por la música en streaming. En consecuencia, los elepés están haciendo el papel de paramédicos proporcionando vendas y medicinas para evitar la defunción del formato físico. 

El paradigma del vinilo actual contrasta con el de hace cuatro o cinco décadas, cuando el LP llegó a alcanzar los picos de ventas tanto en dólares como en unidades. A pesar de haber revivido cuando hace una década se creía como muerto, los consumidores de los Long Play conforman un reducto muy pequeño. 

Según el informe de mitad de año de la Recording Industry Association of America (RIAA), en la primera mitad de 2019 tan sólo el nueve por cien de los ingresos por música grabada provienen del formato físico. De este pequeño dulce, comparado con la gran tarta del streaming, cerca de la mitad, el cuatro por cien, viene dada por los elepés.

El dato más esperanzador para este desfasado formato es que los 224 millones de dólares de ingresos que representan en el mercado están extremadamente cerca de los ingresos de los discos compactos y es previsible que los rebase en poco tiempo. Para más inri, las unidades de CD vendidas están estancadas respecto al mismo periodo del año anterior, mientras que el número de LP en manos de consumidores ha aumentado un seis por cien.

El grupo de comunicación Nielsen apunta que el Record Store Day (RSD) o, literalmente, el día de las tiendas de discos, aporta una importante parte del oxígeno con el que el formato ha conseguido sobrevivir estos años. El RSD, que se celebra anualmente en EE. UU. desde 2008 y España lo adoptó tres años después, se basa en la exaltación de la cultura durante una semana con el día central el tercer sábado de abril. 

Para esta celebración, las tiendas independientes de música se llenan de ediciones especiales de elepés y otros formatos, aparte de realizarse actuaciones en directo y apariciones especiales sorpresa. Nielsen confirma que en el RSD de 2019 se batió el récord de ventas de vinilos de los 12 años de historia del evento. Además, supuso la mejor semana en ventas para los proveedores independientes y el tercer mayor periodo de ventas de LP desde 1991.

Los ingresos medios por vinilo superan los 20 euros. BROOX.COM

En España la esencia es la misma que en Estados Unidos pero las cifras varían. Respecto a la primera mitad de 2018, los ingresos derivados de ventas de vinilos han aumentado más de 50 puntos. En contraste, para los CD la variación interanual es mucho más humilde, 9.7 por cien.

Los datos de mitad de 2019 de Promusicae concluyen que poco más del 23 por cien de los ingresos totales por música en España se derivan del formato físico y, de esos 23 puntos, 5.51 corresponden a los Long Play. Es decir, el vinilo en España representa aproximadamente una cuarta parte de la música física frente a casi la mitad en Estados Unidos.

Sacar el álbum del envoltorio y llevarlo hasta el plato para, definitivamente, manejar el brazo del tocadiscos e iniciar la escucha. En este proceso no interviene la música hasta que la milimétrica aguja no entra en contacto con los surcos del vinilo. Pues bien, en buena parte de las ocasiones, aquel que compra un elepé no lo hace por la música en sí. Hay algo detrás de poder tocar un vinilo con las manos, es toda una experiencia para muchas personas que roza el fetichismo.

Si bien en las décadas de los 70 y 80 el vinilo era el formato dominante de reproducción de música grabada, las motivaciones detrás de las compras de elepés en el mundo de hoy, colmado por lo digital, son bien diferentes. Puede que los fieles del streaming no se lo crean pero, en buena parte de las ocasiones, aquel que compra este tipo de discos no lo hace por la música en sí. 

Frente a la intangibilidad a la que está abocada la industria de la música grabada, el elepé conforma una trinchera de resistencia que se apoya en lo material. La SGAE afirma que “cuando el cliente tiene a su disposición material con cierto valor añadido, tallado con mimo, es cuando está dispuesto a aflojar el bolsillo y dejar de lado la inmaterialidad”.

Poseer un vinilo permite, en primer lugar, poder exhibirlo y coleccionarlo. El LP y, en menor medida el resto de los formatos físicos, está dotado con un valor coleccionable que por naturaleza no se puede extrapolar al streaming. Bien sea por el valor artístico del cartonaje, por haberse prensado el vinilo en sí en un diseño limitado o cualesquiera sean las razones.

Deloitte arroja luz en este sentido y afirma que en una encuesta realizada en 2017 a compradores de vinilos casi la mitad de aquellos que habían adquirido uno en el último mes aún no lo habían escuchado y un 7% de ellos admitieron ni siquiera tener un tocadiscos. Comprar Long Play, además, sirve para hacer una muestra de lealtad al artista y, no por último menos importante, proyectar una personalidad propia.

En EE. UU. los ingresos reportados por vinilos están cerca de sobrepasar los de los Compact Disc. PXHERE

Sin embargo, no son todo flores en el paraíso. A pesar de la creciente demanda de elepés, existen unas pocas docenas de factorías en todo el mundo capaces de prensar discos de vinilo y la tecnología que usan no se ha actualizado desde los años 70. Esto deriva en que los artistas tengan que esperar hasta seis meses en recibir un pedido de su álbum en formato vinilo. Una eternidad comparada con la inmediatez del streaming.

Respecto al precio del álbum, un simple gráfico microeconómico de oferta y demanda demuestra que cuando la demanda sube, el precio de los elepés en el mercado asciende y la cantidad disponible aumenta a la par, algo que no se está produciendo por las dificultades enumeradas en el párrafo anterior. Si a este principio se le suma que el proceso de fabricar un LP es lento y muy manual, el producto final se convierte en un bien muchas veces privativo.

Mientras que escuchar la versión digital de un álbum puede ser completamente gratis en las plataformas de streaming, un elepé recién editado sobrepasa holgadamente los 20 euros y fácilmente el doble, dependiendo de la exclusividad. Así lo confirmaba en 2016 Deliotte cuando aventuró que los ingresos por vinilo serían algo mayores de 20 dólares en 2017.

Siguiendo esta línea, un vinilo necesita de un tocadiscos para poder escucharlo. Un plato de calidad decente puede superar la franja de los 150 y 200 euros sin problema, a los que habría que sumar el precio de un amplificador y unos altavoces en caso de que el tocadiscos no sea un todo en uno. Alguien que aprecie mínimamente su colección de elepés no debería acercarse a los tocadiscos portátiles que no superan los 100 euros y que se están popularizando en todo el mercado.

Las reparaciones de los equipos tampoco suelen ser muy baratas. Los elepés son, definitivamente, una afición cara. Para finalizar, el formato Long Play puede resultar difícil de usar. El vinilo es un medio delicado que tiene que ser cuidado y mantenido, al igual que el equipo necesario para su reproducción.

En resumidas cuentas, sí, el número de personas interesadas en este formato es estable en el tiempo. Así lo aclara Deloitte. Pero, a su vez, advierte que el nicho no va a aumentar mucho más. Estará compuesto por millennials que aprecien el carácter artístico y casi artesano del LP y personas de mediana edad que vuelvan a comprar discos que en algún momento tuvieron en formato CD. Sin olvidarse tampoco de los coleccionistas que ataquen las ediciones limitadas de elepés que quizá ya estén en su colección en una versión normal.

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