Pablo Sánchez Lucientes 1 diciembre, 2018

Somos muy dados, y me atrevo a afirmar que seguiremos siéndolo hasta el final de los tiempos, a verter nuestra opinión de manera indiscriminada y sin ningún tipo de tapujo entre los caracteres de nuestros perfiles y los digitales vientos de las redes sociales. Muchas veces, huelga decir que sin que nos demos cuenta, el mal uso de nuestro lenguaje contamina de manera irreversible la opinión pública en función del número de seguidores que tenemos, sin que a ninguno de nosotros nos suscite mayor conflicto que el de responder con impasible tono de superioridad a la lejana polémica de la que el mundo está siendo partícipe. Uno está divinamente en su propia atalaya identitaria y aprovecha la distancia que hay entre su integridad física y los ofendidos internautas que reciben su contaminado mensaje para colgarse las lustrosas medallas de la justicia social. Yo mismo soy a diario preso de esta generacional adicción desde mi becado refugio aquí, en Budapest.

Hace tiempo que tortura mi mente la ausente respuesta a la recurrente pregunta de por qué dejamos que la polémica y el conflicto definan el grueso de nuestras distantes relaciones. No puedo acallar las dudas que surgen en torno a los conocimientos que atribuyo a las personas que leo a través de mi pantalla: ¿Son todas estas personas gitanas o fervientes defensoras de la etnia? ¿Es realmente tan amplio el conocimiento popular de mi generación sobre la época franquista? ¿Es el fascismo algo tan ampliamente atribuible? ¿Tiene la gente de mi edad un conocimiento constitucional tal que les permite discernir la sedición y actuar con la conciencia limpia en pro de la unidad de España? Mi respuesta, por más que lo repiense incontables veces, es que no. Nos queda camino por recorrer y libros que leer.

Entonces ¿de qué cojones estamos discutiendo? Discutimos sobre un chalet y un escupitajo, un estornudo en una bandera, sobre el despido no tan feminista por parte de una directora y la violenta retirada de lacitos amarillos, navegamos por internet en busca de frases atribuidas a gente de renombre que defiendan nuestra identidad política y utilizamos irreflexivamente débiles armas insostenibles para insultar y censurar los actos y las palabras de los que no piensan como nosotros, no vaya a ser que se desmorone la fachada que hemos construido alrededor de nuestra ventana al mundo. Los medios construyen el punto de fuga y nosotros nos dejamos deslizar con cierto cariz placentero hacia ese infinito donde la polémica no cesa, hacia ese agujero negro en el que consideramos nuestra opinión tan sumamente importante como para dispensarla hasta la saciedad.

Nos quedamos en el acontecimiento mediático sin atender a la gravedad de lo que subyace por debajo. Nos negamos (y esto es lo que me parece especialmente grave) la autocrítica que implica cuestionar a las personas que se encuentran alrededor del lugar que ocupamos en el espectro ideológico. Somos incapaces de hablar con conocimiento de causa, dejamos sin arar el terreno del lenguaje que necesitamos y por alguna razón no comprendemos la distancia que existe entre el juicio estético y la libertad de expresión, viéndonos forzados a ensalzar mediocres figuras como si su música fuese de otro nivel y su sátira de una agudeza sin precedentes.

Condicionados por la simplona visión del mundo que nos ofrece el limitado contenido de las publicaciones que escuchamos, leemos y sobre las que pensamos reafirmamos nuestra personal falacia: que podemos defender unos ideales y pertenecer a una identidad de cualquier tipo sin necesidad de asumir la responsabilidad que conllevan las consecuencias de lo que decimos y el conocimiento que precisan las palabras que utilizamos.

Mientras seamos incapaces de admitir la hipocresía de nuestros representantes y asumir la posibilidad de error que atraviesa al ser humano seguiremos perdiendo la batalla moral. Si continuamos utilizando (con pobres justificaciones) distintas varas de medir en cuanto a lo que a la libertad de expresión se refiere caeremos en nuestras propias redes y nos será arrebatada irremediablemente. Derrotados, seguiremos utilizando la palabra fascista arbitrariamente esperando que alguno de los que responden a la definición que le hemos adjudicado acabe por poner su boca en el bordillo, como aprendimos en aquella pedagógica película antifascista que todos hemos visto.

Una violación perpetrada por magrebíes herirá de muerte nuestro discurso y cederá terreno sin resistencia al racismo y la xenofobia mientras nos neguemos el coherente uso del lenguaje y la crucial responsabilidad personal que implica vivir en el mundo real conforme a unas determinadas ideas. La intolerancia se abrirá paso a través de nuestros eslóganes de papel maché y perderemos el control de la realidad entregándoselo en bandeja de plata a las personas que (se supone) estamos denunciando. Ellos seguirán ganando en las urnas de medio mundo mientras en nuestra burbuja de perfección moral y eslóganes digitalizados nos preguntamos quién en su sano juicio votó a Bolsonaro.

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